T. S. Eliot (1888-1965) nació en St. Louis y murió en Londres. Fue poeta, dramaturgo, crítico literario y editor, una de las figuras centrales de la poesía moderna del siglo XX.
Estudió en la Universidad de Harvard, además de realizar estudios en La Sorbona y en Merton College, Oxford. En 1914 se estableció en Inglaterra, donde desarrolló gran parte de su obra y posteriormente obtuvo la ciudadanía británica.
Entre sus libros más importantes se encuentran The Waste Land (La tierra baldía), Four Quartets, Prufrock and Other Observations y Ash-Wednesday. También escribió teatro poético, incluyendo Murder in the Cathedral.
Trabajó como editor en la editorial Faber and Faber, donde ejerció una enorme influencia sobre la literatura en lengua inglesa del siglo XX.
Su poesía incorporó referencias filosóficas, religiosas y culturales de múltiples tradiciones, y fue decisiva para el desarrollo del modernismo literario.
En 1948 recibió el Premio Nobel de Literatura.
Poema de T. S. Eliot, en la voz de Anthony Hopkin
LA CANCIÓN DE AMOR DE J. ALFRED PRUFROCK (SEGMENTO)
Si yo creyera que mi respuesta fuera
a una persona que alguna vez podría retornar al mundo,
esta llama, sin más, quieta estuviera;
pero ya que jamás desde este fondo
escapa un ser humano, sí escuché verdad,
sin temor a la infamia te respondo.
vayamos, pues, tú y yo
cuando la tarde se haya tendido contra el cielo
como un paciente eterizado sobre una mesa;
vayamos, entonces, por calles casi desiertas,
murmurantes retrocesos
de noches inquietas en hoteles baratos y de una noche
y empolvadas fondas con conchas de ostras;
calles que se prolongan como un argumento aburrido
de intención tediosa
que te llevan a una pregunta abrumadora...
oh, no preguntes “¿qué es?”
vayamos a hacer nuestra visita.
en la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de miguel ángel.
la niebla amarilla que lava su espalda en el cristal de las vidrieras,
el humo amarillo que lava su hocico en el cristal de las vidrieras
pasó su lengua por el interior de las esquinas de la tarde,
se quedó suspenso largo tiempo sobre los charcos de las cunetas,
dejó caer sobre su espalda el tizne que cae de las chimeneas,
se deslizó por la terraza, dio un salto súbito,
y, viendo que era una noche suave de octubre,
se enroscó una vez a la casa y se quedó dormido.
y, en verdad, habrá tiempo
para el humo amarillo que se desliza a lo largo de la calle,
frotando su espalda sobre el cristal de las vidrieras;
habrá tiempo, habrá tiempo
para preparar un rostro que acepte los rostros que encuentres,
habrá tiempo para matar, habrá tiempo para crear
y tiempo para todas las labores y los días hábiles
que levanten y dejen caer una pregunta en tu plato;
habrá tiempo para tí y habrá tiempo para mí,
y habrá tiempo incluso para cien indecisiones,
y habrá tiempo para cien visiones y revisiones
antes de que tomemos una tostada y té.
en la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de miguel ángel.
y en verdad habrá tiempo
para preguntarse “¿me atrevo?” y, “¿me atrevo?”
habrá tiempo para volverse atrás y bajar la escalera
con un lugar calvo en mitad de mi pelo.
(dirán: “¡qué ralo se le está poniendo el pelo!”)
mi traje matinal, mi cuello que sube firmemente al mentón,
mi corvata, rica y modesta pero asegurada por un simple alfiler.
(dirán: “pero, ¡qué delgados son sus brazos y sus piernas!”)
¿me atrevo
a perturbar el universo?