Sor Juana Inés de la Cruz. México. (1651-1695). Poeta, dramaturga, ensayista y figura fundamental de la literatura en lengua española del Siglo de Oro. Nació como Juana Ramírez de Asbaje en San Miguel Nepantla, en el Virreinato de la Nueva España. Desde niña mostró una inteligencia extraordinaria y una pasión excepcional por el conocimiento y los libros.
Aprendió latín muy joven y estudió de manera autodidacta filosofía, teología, música, ciencias y literatura en una época en que las mujeres tenían severamente restringido el acceso al saber. Ingresó al convento de San Jerónimo, donde encontró un espacio para dedicarse al estudio y la escritura.
Su obra abarca poesía amorosa, filosófica y religiosa, autos sacramentales, teatro y prosa ensayística. Entre sus textos más célebres destacan Primero sueño, considerado una de las grandes obras barrocas de la lengua española, y la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, brillante defensa del derecho de las mujeres al conocimiento y la educación.
Sor Juana mantuvo un intenso diálogo intelectual con las figuras más importantes de su tiempo y fue admirada tanto en América como en España. Sin embargo, las presiones religiosas y sociales terminaron limitando su actividad intelectual en los últimos años de su vida.
Murió en Ciudad de México en 1695 mientras asistía a sus compañeras durante una epidemia.
Conocida como “La Décima Musa” y “El Fénix de América”, Sor Juana Inés de la Cruz es una de las mayores figuras de la literatura hispanoamericana y un símbolo universal de la inteligencia, la libertad intelectual y la creación poética femenina.

Excusándose de un Silencio…
Pedirte, señora, quiero
De mi silencio perdón,
Si lo que ha sido atención,
Le hace parecer grosero.
Y no me podrás culpar
Si hasta aquí mi proceder,
Por ocuparse en querer
Se ha olvidado de explicar.
Que en mi amorosa pasión
No fue descuido ni mengua
Quitar el uso a la lengua
Por dárselo al corazón.
Ni de explicarme dejaba,
Que como la pasión mía
Acá en el alma te hablaba
Y en esta idea notable
Dichosamente vivía;
Porque en mi mano tenía
El fingirte favorable.
Con traza tan peregrina
Vivió mi esperanza vana
Pues te puedo hacer humana
Concibiéndote divina.
¡Oh, cuan loco llegué a verme
en tus dichosos amores,
que aun fingidos tus favores
pudieron enloquecerme!
¡Oh, cuán loco llegué a verme
en tus dichosos amores,
que aun fingidos tus favores
pudieron enloquecerme!
¡Oh, cómo en tu Sol hermoso
mi ardiente afecto encendido,
por cebarse en lo lúcido,
olvidó lo peligroso!
Perdona, si atrevimiento
Fue atreverme a tu ardor puro;
Que no hay Sagrado seguro
De culpas de pensamiento.
De esta manera engañaba
La loca esperanza mía,
Y dentro de mí tenía
Todo el bien que deseaba.
Mas ya tu precepto grave
Rompe mi silencio mudo;
Que él solamente ser pudo
De mi respeto la llave.
Y aunque el amar tu belleza
Es delito sin disculpa,
Castíguense la culpa
Primero que la tibieza.
No quieras, pues, rigurosa,
Que estando ya declarada,
Sea de veras desdichada
Quien fue de burlas dichosa.
Si culpas mi desacato,
Culpa también tu licencia;
Que si es mala mi obediencia,
No fue justo tu mandato.
Y si es culpable mi intento,
Será mi afecto preciso;
Porque es amarte un delito
De que nunca me arrepiento.
Esto en mis afectos halló,
Y más, que explicar no sé;
Mas tú, de lo que callé,
Inferirás lo que callo.