Sirkka Turkka
(Helsinki, 1939 – Tuusula, 2021)
Poeta finlandesa, una de las voces más singulares de la poesía nórdica contemporánea. Su obra se caracteriza por una escritura sobria, precisa y profundamente atenta al mundo natural, los animales, la soledad y la vida interior.
Estudió literatura y trabajó durante años en bibliotecas y en el ámbito de la asistencia social, experiencias que marcaron su relación con la observación cotidiana y la escucha del entorno humano y no humano.
Publicó su primer libro de poesía en 1973, iniciando una trayectoria literaria relativamente tardía pero sostenida, que la llevó a convertirse en una figura central de la poesía finlandesa contemporánea.
Su poesía se distingue por una mirada despojada de retórica, donde los animales —caballos, perros, pájaros— aparecen como presencias éticas y sensibles, en diálogo silencioso con la fragilidad humana. La naturaleza no es paisaje decorativo, sino una forma de pensamiento.
Entre sus libros destacan Huone avaruudessa (Una habitación en el espacio), Vaikka on kesä (Aunque sea verano), Yö aukeaa kuin vilja (La noche se abre como el grano) y Mies joka rakasti vaimoaan liikaa (El hombre que amó demasiado a su esposa).
Recibió los premios literarios más importantes de Finlandia, incluido el Premio Finlandia de Literatura y el Premio Eino Leino, consolidando su lugar como una de las grandes poetas del país.
Sirkka Turkka, su voz
Selma, pequeño perro, oye aún las florecitas se doblan cuando andamos, las grullas, los cisnes con sus niños grises, éramos un poco zorros. El perejil silvestre en fila, así que primero estaba la mamá, después la mamá, después el papá airado. El otoño llegó Selma, llegó la nieve alta hasta las orejas y la cabeza, llegaron capas que esconden, engañadores de alces. Andas conmigo todavía a lo largo del invierno helado, anda tu sonrisa graciosa, tu tumba. A lo largo de ríos congelados sólo nosotros los graciosos hacia la iglesia de los perros, ángeles del zorro. *** Cuando los pensamientos son lencería, apilados en los estantes, ordenados, alineados como las copas de champán y ponche, la grabada plata deslustrada y el viejo oro liso. Y llega el invierno, comandante en jefe Ulysses Simpson Grant, el rey Lear, su barba blanca. El lago se vislumbra entre los árboles, en el lago una perca rayada, tigre ártico. Entre el bosque se vislumbra la tierra, cuya cuna es de alto pino tambaleante. Del cual no podemos soltar los ojos, del cual nos levantamos, al cual nos abismamos, cuando los pensamientos están apilados, ordenados, apinados, cuando son de puro pino, de su raíz. Cuando duerme el pez. Entra en otro mundo y cierra los ojos. Aquí no florece el liquen, así es su color de advertencia. Y cuando matan a la hembra de un tiro, quedan las crías. Aquí la sangre está parada, encantada, con un truco de magia meten el corazón bajo la piedra y lo sacan. Aquí empujan el corazón hasta al pecho de la perca. Oh qué alegría, cuando a la pena sigue la pena. Cuando el invierno siempre está llegando y yendo como la marcha de Rákóczy, como el Lear, su barba blanca, una tragedia verdadera, el otoño es su materia. Uno lo sabe con los ojos cerrados: el invierno llega tras el invierno, como la pena llega tras la pena, el verano allí en el medio como un tumor maligno, que rompe la arquitectura del bosque: tantas hojas y no se ven los árboles. Y no llega el verano, la enfermedad, sin el invierno, el rey agujereado, el comandante en jefe de la aurora boreal, no sin la barba congelada. Donde nosotros, la tribu de gallinetas de agua, estamos condenados a vagar, donde nosotros, las estrellas, estamos condenadas a centellear. Donde la perca se hunde hasta el fondo, cierra los ojos y se queda mirando *** Las estrellas vuelven a ser como una quejumbrosa balada y por las tardes los perros afinan sus agrietados violines. Yo no dejo que se me acerque la pena, no la dejo acercarse a mí. Mil metros de nieve encima del corazón. Murmuro mucho para mis adentros, por la calle canto en voz alta. A veces me veo pasar con un sombrero en la cabeza, por el viento y con alguna idea torcida. Hablo de muerte cuando quiero decir vida. Ando con los papeles desordenados, no tengo ni una sola teoría solo un perro que blasfema. Cuando pido aguardiente me sirven helado, a pesar de todo claro que soy español, con el nacimiento del pelo bajo de esta manera, de verdad: no parezco ser de aquí. Sudo y trato de hablar, entretanto tiemblo. Casi más que la muerte lamento mi nacimiento. Y todo lo que pido son mil metros de nieve encima de mi corazón. Traducción: Aida Presilla y Jukka Koskelainen
Sirkka Turkka en La maja desnuda, UPV Radio. Conduce: Nidia Hernández
