Oscar Vladislas de Lubicz Milosz
Poeta, místico y diplomático nacido en 1877 en el seno de una familia de origen lituano-polaco, Óscar Milosz escribió en francés y desarrolló una obra singular, marcada por la espiritualidad, la metafísica y la visión profética. Primo del también poeta Czesław Miłosz, su escritura se adentra en una búsqueda intensa de lo absoluto, donde el universo aparece como un misterio que debe ser revelado.
Su poesía, densa y visionaria, combina elementos bíblicos, filosóficos y simbólicos, dando lugar a una voz única dentro de la literatura europea del siglo XX. Además de su labor literaria, ejerció como diplomático para Lituania en Francia.
Murió en 1939, dejando una obra que, aunque menos conocida, ha sido profundamente admirada por su fuerza espiritual y su ambición metafísica.

Soledad
Me desperte bajo el cielo azul de la ausencia.
En el immenso mediodia de la melancolia.
La ortiga de los muros derruidos bebe el sol de los muertos.
Silencio.
A donde me ha llevado, Madre ciega, oh vida mia?
En que infierno del recuerdo donde la hierba piensa,
donde el oceano de los tiempos busca tanteando las orillas?
Silencio.
Eco del precipicio, llamame! Locura,
Empapa tus flores amarillas en la fuente donde bebo,
Pero que los dias pasados se desprendan de mi!
Silencio.
Usted que me ha creado, usted que me ha golpeado,
Usted hacia quien el aloe, corazon de los abismos, se lanza,
Padre! estando a sus pies heridos encontrare la paz?
Silencio.
Traducción: Diana Insausti
Solitude
Je me suis réveillé sous l’azur de l’absence
Dans l’immense midi de la mélancolie.
L’ortie des murs croulants boit le soleil des morts.
Silence.
Où m’avez-vous conduit, Mère aveugle, ô ma vie ?
Dans quel enfer du souvenir où l’herbe pense,
Où l’océan des temps cherche à tâtons ses bords ?
Silence.
Écho du précipice, appelle-moi ! Démence,
Trempe tes jaunes fleurs dans la source où je bois,
Mais que les jours passés se détachent de moi !
Silence.
Vous qui m’avez créé, vous qui m’avez frappé,
Vous vers qui l’aloès, cœur des gouffres, s’élance,
Père ! à vos pieds meurtris trouverai-je la paix ?
Silence.