Kiki Dimoula (1931–2020) fue una de las poetas más importantes de la literatura griega contemporánea y una de las voces femeninas más influyentes de la poesía europea del siglo XX y comienzos del XXI.
Nació en Atenas, Grecia, y trabajó durante muchos años en el Banco de Grecia, experiencia que contrasta con la profundidad filosófica y existencial de su obra poética. Su escritura se caracteriza por una reflexión constante sobre el tiempo, la ausencia, la memoria y la pérdida.
Dimoula desarrolló una poesía de tono conversacional, aparentemente sencilla, pero cargada de ironía, ambigüedad y una gran densidad emocional. En sus textos, el lenguaje mismo se convierte en tema: sus limitaciones, sus silencios y sus contradicciones.
Entre sus libros más importantes destacan The Little of the World, Lethe’s Adolescence y Hesitant Sovereignties. Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas y ha recibido importantes reconocimientos internacionales, entre ellos el Premio Europeo de Literatura.
Su poesía explora con frecuencia la sensación de falta y desplazamiento: lo que se pierde en la experiencia cotidiana, lo que no puede nombrarse y lo que permanece como huella.
Kiki Dimoula es considerada una maestra del matiz y la sugerencia, capaz de transformar lo cotidiano en una meditación profunda sobre la existencia y el lenguaje.

EL PLAGIARIO DESVERGONZADO El Plural Amor: nombre, sustantivo, extremadamente sustantivo, singular en número, de género ni femenino, ni masculino, Un género indefenso. Plural es número de amores indefensos. Miedo: sustantivo singular, en un comienzo, y después se hace plural: miedos. Miedos de todo, desde ahora. Memoria: nombre, nombre propio para tristezas, singular en número, sólo singular e indeclinable. Memoria, memoria, memoria. Noche: sustantivo de género femenino, número singular. plural en número: las noches. Las noches, desde ahora. Irrumpiendo en una ilusión. Y en algún lugar en medio de la noche rutilaba una farmacia siempre de turno. Señor, deme un somnífero para que el desierto allá afuera duerma un poco. Y mientras se desperezaba el boticario yo admiraba las enfermedades alineadas en los armarios, incurables y curables, todas en cajitas alegres de vívidos colores. Y de repente te reconocí. Aislado. Allá arriba, donde sólo un ojo asustado podría encontrarte: Caróntico. La etiqueta de un frasco de veneno. Irreconocible yacía desnuda su silueta letal. Sus manos formaban una amenazante X cruzada en aquel rincón inocente donde tu cuello soñó alguna vez despreocupado. Señor, grité, mientras sacudía las enfermedades en los armarios, ¿qué horribles errores son ésos, cómo puede administrar a los muertos dosis adicionales de veneno sin una nueva receta ni una voluntad divina? ¿Cómo se atreve usted, simplemente para publicitar drásticos productos carónticos, retener los huesos de personas que luchamos arduamente para mantener enteras, en ampollas de sellada ilusión? ¡Devuélvame, ya, el original! Comprendo, dijo el boticario, pero no admitiré ningún error después que salga del local. El Plagiario Desvergonzado De la incesante guerra civil entre existir y dejar de ser entre hablar y no hablar más, finalmente, el único vencedor es aquel famoso corresponsal de guerra que escribe. Un desvergonzado plagiario irrazonable cuyos envíos, hablan y cesan de existir forjados hábilmente como duraderos en la oreja discreta del periódico. Traducción: Alberto Valero.