Francesco Petrarca fue una de las figuras fundacionales del humanismo renacentista y uno de los poetas más influyentes de la tradición occidental.
Nació en Arezzo en 1304 y desarrolló su formación intelectual en diversas ciudades de Europa. Su obra marca un punto de inflexión en la poesía medieval, al colocar la experiencia individual, la interioridad y el amor como ejes centrales de la expresión lírica.
Su libro más célebre, el “Canzoniere”, reúne sonetos y canciones dedicados a Laura, una figura idealizada que encarna tanto el amor terrenal como la aspiración espiritual. A través de este ciclo poético, Petrarca perfeccionó el soneto como forma artística y dio origen a una tradición lírica que influiría profundamente en Europa.
Su poesía se caracteriza por el análisis fino de los estados del alma: la tensión entre deseo y culpa, la memoria, la fugacidad del tiempo y la búsqueda de elevación moral. Con él nace una nueva sensibilidad: el yo poético introspectivo.
Murió en 1374 en Arquà, dejando una obra que se convirtió en modelo para siglos de poesía amorosa y reflexiva.

Sextina LXVI
El aire denso y la importuna niebla,
toda asediada por rabiosos vientos,
pronto tendrán que convertirse en lluvia;
si ya son casi de cristal los ríos,
y en vez de verde césped por los valles
no se ve otra cosa que escarcha y hielo.
Y yo en mi corazón, más frío que hielo,
llevo de grandes pensamientos niebla
como la que nace en estos valles,
unidos contra los amorosos vientos
y circundados de estancados ríos,
cuando del cielo cae lenta lluvia.
Poco tarda en irse el agua de lluvia
y el calor en derretir nieves y hielo,
que hacen más soberbios a los ríos;
nunca ocultó el cielo tan densa niebla
que, cabalgada por furiosos vientos,
no huyese de los cerros y los valles.
Pero qué importa que florezcan valles
Si voy llorando bajo el sol y lluvia,
Bajo cálidos o gélidos vientos;
si algún día alcanzo a vivir sin hielo
por dentro, y por fuera sin usual niebla,
veré secarse mar, lagos y ríos.
Mientras al mar desciendan los ríos
y las fieras busquen los frescos valles,
tendrán sus bellos ojos esa niebla
de la que nace en mis ojos su lluvia,
y en el pecho hermoso aquel duro hielo
que rompe el mío en dolorosos vientos.
Sabré perdonar a todos los vientos
por amor de quien entre estos dos ríos
me encerró entre césped y el dulce hielo,
y dibujó luego por mil y un valles
mi sombra, que ni el calor ni la lluvia
ni el trueno atendía su rota niebla.
Nunca más huyó niebla de vientos
como aquel día, ni ríos de lluvia,
ni hielo cuando el sol abre los valles.
Traducción: Ana Nuño