Emily Grosholz falleció recientemente, el 2 de mayo de 2026, en State College, Pennsylvania, a los 75 años. La noticia se conoció hace apenas unos días y ha causado gran tristeza en los círculos literarios y académicos.
Fue una figura excepcional que unió poesía, filosofía, matemáticas y pensamiento humanista con una sensibilidad poco común. Enseñó durante más de cuarenta años en Penn State University y dejó una obra poética luminosa, reflexiva y profundamente intelectual. También destacó como ensayista, traductora y estudiosa de la filosofía de la ciencia.
Su muerte representa la desaparición de una de las voces más singulares de la poesía norteamericana contemporánea.
Siesta
Sphendouri, Egina
En todo atardecer el calor se intensifica
a saltos, como cabras trepando las terrazas de las colinas;
otro higo estalla en el árbol; los olivos
ceden un nuevo escondite de sombra lívida.
Las cigarras transportan sus notas a un tono más alto.
Como si el oído fuera el sentido más material,
nos remiten cantando a lo que es de carne y hueso,
el empinado y rocoso terreno donde nos acontece vivir.
Pero el ojo es etéreo, observa
el calmo y fresco Egeo, manto de azul
tejido al este y al oeste con las puntadas del viento.
Nosotros vemos más allá de nuestro país, otro,
familiar, nunca alcanzado, donde islas dispersas
se reúnen como los inmortales niños del sueño.
Traducción: Adam Gai
Siesta
Sphendouri, Aegina
All Afternoon the heat intensifies
in leaps, like goats climbing the terraced hills;
another fig burst on the tree; the olives
surrender another cache of livid shadow.
Cicadas transpose their note to a higher key.
As if the ear were the most material sense,
they sing us back to flesh and bone, the steep
rocky quarter acre where we happen to live.
But the eye is aethereal, that watches over
the tranquil cool Aegean, mantle of blue
woven east and west with the stitch of wind.
We see beyond our country into another,
familiar, never attained, where scattered islands
gather like the dream´s immortal children.