Elizabeth Bishop

Nació en Worcester, Massachusetts, en 1911, y su infancia estuvo marcada por la pérdida y la fragilidad: su padre murió cuando era un bebé y su madre fue internada por enfermedad mental cuando Bishop tenía cinco años, creció entre Nueva Escocia y Massachusetts, una experiencia de desarraigo que marcaría profundamente su sensibilidad poética.

Se formó en el Vassar College, donde entabló una relación decisiva con Marianne Moore, quien fue amiga y guía literaria. Desde temprano, Bishop mostró una inclinación hacia la precisión, la observación minuciosa y una ética rigurosa del lenguaje.

Publicó su primer libro, “North & South” en 1946, seguido por “A Cold Spring” (1955), que le valió el Premio Pulitzer. Más adelante aparecieron “Questions of Travel” (1965) y “Geography III” (1976), consolidando una obra breve pero de enorme perfección formal.

Vivió largos años en Brasil junto a la arquitecta Lota de Macedo Soares, una relación que marcó su vida y su escritura. Tras la muerte de Soares, Bishop regresó con mayor frecuencia a Estados Unidos, donde también ejerció como profesora en Harvard.

Fue traductora de importantes poetas como Carlos Drummond de Andrade, Vinicius de Moraes y Octavio Paz, ampliando su diálogo con la poesía latinoamericana.

Su obra, aunque poco extensa —apenas más de cien poemas publicados en vida—, es considerada una de las más perfectas de la poesía en lengua inglesa. Su estilo se distingue por la claridad, el detalle preciso y una emoción contenida que emerge a través de la descripción del mundo: paisajes, viajes, objetos, pérdidas.

Durante su vida fue respetada pero relativamente discreta; sin embargo, tras su muerte en 1979, su reconocimiento creció hasta situarla como una de las grandes poetas de Estados Unidos. Su poesía demuestra que la exactitud también puede ser una forma de profundidad.

UN ARTE



El arte de perder no es difícil de dominar.
tantas cosas nos muestran su posibilidad de ser perdidas
que perderlas no es un desastre

Pierde algo todos los días. acepta la desesperación
de perder las llaves de las puertas, el tiempo malgastado.
el arte de la pérdida no es difícil de dominar.

Después practica perder más cosas y más rápido:
lugares, nombres y a donde se fue lo que significaba
para ti viajar. nada de esto provocará un desastre.

Yo perdí el cuidado de mi madre. Y mira,
la última o penúltima de mis tres amadas casas
se fue. El arte de la pérdida no es difícil de dominar.

Perdí dos ciudades encantadoras y aún más inmenso que eso,
algunos reinos que poseía, dos ríos, un continente.
los extraño, pero no fue un desastre.

Aún si te pierdo a tí (tu voz mordaz, un gesto que amo)
no habré mentido. Es evidente que el arte de perder
no es demasiado difícil de alcanzar,
aun cuando pueda parecer (escríbelo) como un desastre

Traducción: Francia Rosa Calzadilla

ONE ART

The art of losing isn’t hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.

Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.

The art of losing isn’t hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother’s watch. And look! my last, or
next-to-last, of three loved houses went.

The art of losing isn’t hard to master.
I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn’t a disaster.

Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan’t have lied. It’s evident
the art of losing’s not too hard to master
though it may look like (Write it!) like disaster.

EL ARMADILLO

A. R. Lowel

Esta es la época del año
en la que casi cada noche
aparecen, ilegales, los frágiles globos de fuego.
Ascienden a la cima de la montaña,

elevándose hacia algún santo
aún venerado en estas tierras,
y sus cámaras de papel enrojecen, se llenan
de una luz que va y viene, como corazones.

Una vez en lo alto, contra el cielo,
es difícil distinguirlos de las estrellas
—es decir, los planetas, los coloreados:
Venus que declina, o Marte

o aquel otro, verde pálido. Una ráfaga,
y se inflaman, titubean, vacilan, se agitan;
pero quieto el aire, navegan seguros y atraviesan
la armazón de cometa de la Cruz del Sur,

retroceden y menguan y nos dejan
—firmes ellos y solemnes— en el mayor desamparo;
o impelidos desde un pico por corrientes descendentes,
se convierten en súbito peligro.

Anoche cayó otro de los grandes.
Reventó como un huevo de fuego
contra el acantilado a espaldas de la casa.
Chorrearon llamas. Vimos

volar al par de búhos que allí anidan,
alto, más alto, en torbellino blanquinegro
con una mancha rosa vivo por debajo,
hasta que, se perdieron de vista chillando.

Tal vez ardiera el viejo nido de los buhos.
Aprisa, solitario,
abandonó el lugar un armadillo centelleante,
cabizbajo, colibajo, veteado de rosa,
y un conejillo salió entonces,
oh sorpresa, de orejas cortas,
y tan suave: un puñado de cenizas intangibles,
fijos y encendidos los ojos.

Oh remedo más que hermoso; como un sueño.
Oh juego que cae y grito penetrante
y pánico, y un débil puño acorazado
que ignorante se cierra contra el cielo.

Traducción: Eli Tolaretxipi.

THE ARMADILLO

This is the time of year
when almost every night
the frail, illegal fire balloons appear.
Climbing the mountain height,

rising toward a saint
still honored in these parts,
the paper chambers flush and fill with light
that comes and goes, like hearts.

Once up against the sky it’s hard
to tell them from the stars—
planets, that is—the tinted ones:
Venus going down, or Mars,

or the pale green one. With a wind,
they flare and falter, wobble and toss;
but if it’s still they steer between
the kite sticks of the Southern Cross,

receding, dwindling, solemnly
and steadily forsaking us,
or, in the downdraft from a peak,
suddenly turning dangerous.

Last night another big one fell.
It splattered like an egg of fire
against the cliff behind the house.
The flame ran down. We saw the pair

of owls who nest there flying up
and up, their whirling black-and-white
stained bright pink underneath, until
they shrieked up out of sight.

The ancient owls’ nest must have burned.
Hastily, all alone,
a glistening armadillo left the scene,
rose-flecked, head down, tail down,

and then a baby rabbit jumped out,
short-eared, to our surprise.
So soft!—a handful of intangible ash
with fixed, ignited eyes.

Too pretty, dreamlike mimicry!
O falling fire and piercing cry
and panic, and a weak mailed fist
clenched ignorant against the sky!

El Alce

Para: Grace Bulmer Bowers

Desde estrechas provincias
de pan, pescado y té,
hogar de prolongadas mareas,
donde el mar abandona la bahía
dos veces cada día y se lleva
en sus largos paseos los arenques,

donde, si el río
entra o se retrae
en un ocre muro de espuma,
es según si encuentra
que la bahía viene,
o bien que la bahía no está en casa;

donde, rojo de limo,
a veces se pone el sol
frente a un mar rojo
y a veces resalta como venas en los llanos
de lavanda el fértil limo
en encendidos riachuelos.

Por rojos caminos de grava,
bajas hileras de arces,
pasan granjas de madera,
y cuidadas iglesias de madera,
blanqueadas, listadas como conchas;
pasan plateados abedules dobles,

A través del final de la tarde,
un autobús viaja hacia el oeste,
relampagueando rosa el parabrisas,
con destellos rosáceos el metal,
ardiente el abollado flanco
de golpeado esmalte azul.

Va hondonadas abajo, cuesta arriba,
y espera con paciencia
mientras un viajero solitario
besa y abraza
a siete parientes
y un perro pastor lo supervisa.

Adiós a los olmos,
a la granja y al perro.
El autobús arranca.
La luz crece más intensa,
la niebla, cambiante, salada, tenue,
se va cerrando.

Sus cristales redondos y fríos
se forman, se deslizan y se depositan
en las blancas plumas de las gallinas,
en las grises coles barnizadas,
en las dobles rosas centifolias
y en los altramuces como apóstoles.

Los guisantes silvestres se han adherido
con su hilo blanco y húmedo
a las blanqueadas cercas;
los abejorros se deslizan
dentro del cáliz de las dedaleras,
y comienza el crepúsculo.

Una parada en Bass River.
Y después, las Economies,
Lower, Middle, Upper.
Five Islands, Five Houses,
donde una mujer sacude un mantel
después de la cena.

Un parpadeo pálido. Ha desaparecido.
El pantano de Tantramar
y el olor de la hierba salobre.
Tiembla un puente de hierro,
y una tabla suelta repiquetea
pero no cede.

A la izquierda, una luz roja
nada a través de la sombra:
la linterna de puerto de algún barco.
Aparecen dos botas de agua,
iluminadas, solemnes.
Un perro da un ladrido.

Una mujer sube
con dos bolsas del mercado,
pecosa y enérgica, de edad.
“Una gran noche. Sí señor,
todo el trayecto a Boston.”
Nos observa con cordialidad.

A la luz de la luna entramos
en los bosques de News Brunswick,
peludos, ásperos, arañados,
la luz de la luna y la neblina
se prenden en ellos como la lana de cordero
en los arbustos de los pastos.

Los viajeros están recostados de espaldas.
Ronquidos. Algún largo suspiro.
Una divagación somnolienta
comienza en la noche,
una amable y audible,
lenta alucinación…

Entre ruidos, crujidos,
una vieja conversación.
-No nos concierne,
pero es reconocible en algún lado,
en la parte de atrás del autobús:
voces de abuelos

ininterrumpidamente
hablando, en la Eternidad:
nombres que se mencionan,
cuestiones aclaradas finalmente,
lo que él dijo, lo que ella dijo,
quién tenía pensión;

Muertes, muertes y enfermedades;
el año en el que él volvió a casarse;
el año en que ocurrió (alguna cosa).
Ella murió al dar a luz.
Aquel era el hijo perdido
cuando se hundió la goleta.

Él se dio a la bebida. Sí,
ella se dio a la mala vida.
Fue cuando Amos comenzó a rezar
hasta el almacén y
finalmente la familia
tuvo que recluirlo.

“Sí…” esa peculiar afirmación. “Sí…”.
Una aguda, retenida respiración,
medio gemido, medio aceptación,
que significa “Así es la vida.
Lo sabemos (y también la muerte)”.

Hablaban como hablaban
en su antigua cama de plumas,
tranquilamente, más y más,
con una débil luz en el pasillo
mientras la perra, abajo en la cocina,
se liaba en su mantita.

Ahora, todo ahora está en orden,
incluso para caer adormecidos
como en todas aquellas otras noches.
-De pronto el conductor
hace parar de golpe el autocar
y apaga los faros.

Un alce ha salido
del bosque impenetrable
y se planta ahí, amenazador,
en medio de la carretera.
Se acerca: olfatea
el caliente capo del autocar.

Imponente, sin cuernos,
alto como una iglesia,
hogareño, tal como es una casa
(o seguro como las casas).
Una voz de hombre afirma:
“Sin intención alguna de hacer daño…”.

Algunos pasajeros
exclaman en voz baja,
pueriles, con dulzura:
“Son grandes criaturas, ciertamente”.
“Terriblemente simple”.
“¡Y mira! ¡Es una hembra!”.

Tomándose su tiempo,
ella observa el autobús de punta a punta,
magnífica, como de otro mundo.
¿Por qué, por qué sentimos
(y todos la sentimos) esta dulce
sensación de alegría?

“Curiosas criaturas”
dice nuestro tranquilo conductor,
arrastrando su r’s.
“Fíjense en esto”.
Después, pone la marcha.
Por un momento, todavía,

mirando atrás
se puede ver el alce
a la luz de la luna en el asfalto;
y después hay un débil
olor a alce, un acre
olor a gasolina.

EL HOMBRE POLILLA

Aquí, arriba,
las grietas de los edificios se llenan con la maltrecha luz de la luna.
Toda la sombra del Hombre polilla es tan grande como su sombrero.
Yace a sus pies como un círculo sobre el que se apoya una marioneta,
y hace un alfiler invertido, con la punta imantada hacia la luna.
Él no ve la luna; sólo observa sus vastas propiedades
sintiendo una rara luz en sus manos, ni caliente ni fría
de una temperatura imposible de registrar en los termómetros.

Pero cuando el Hombre Polilla
hace sus raras, aunque ocasionales, visitas a la superficie,
la luna luce bastante diferente para él. Emerge
desde una abertura debajo del borde de una de las aceras
y nerviosamente comienza a escalar las fachadas de los edificios.
Piensa que la luna es un pequeño agujero en el tope del cielo,
que prueba que el cielo es bastante inútil como protección.
Tiembla, pero debe investigar cuán alto puede escalar.

Por las fachadas,
su sombra se arrastra como el lienzo de un fotógrafo detrás de él,
escala temeroso, pensando que esta vez logrará
meter su cabecita a través de esa abertura redonda y limpia
y ser forzado a pasar, como un tubo, en rollos negros de luz.
( El Hombre, parado debajo de él, no se hace tales ilusiones).
Pero lo que más teme el Hombre-Polilla debe hacerlo, aunque
falla, por supuesto, y cae asustado pero ileso.

Luego retorna
a los pálidos subterráneos de cemento que él llama su hogar. Revolotea,
revolotea, y no puede subir a los trenes silenciosos
lo suficientemente rápido para adaptarse. Las puertas se cierran rápidamente.
El hombre-polilla siempre se sienta mirando hacia el lado equivocado
y el tren arranca de inmediato a toda su terrible velocidad,
sin cambio de marchas ni gradación de ningún tipo.
Él no puede calcular la tasa a la que viaja hacia atrás.

Cada noche él debe
ser llevado a través de túneles artificiales y tener sueños recurrentes.
Justo como las corbatas se repiten debajo de su tren, éstos subyacen
en su cerebro acelerado. No se atreve a mirar por la ventana;
para el tercer raíl, la ininterrumpida corriente de veneno,
corre a su lado. Lo considera una enfermedad
a la que ha heredado una predisposición. Debe mantener
las manos en los bolsillos, como otros deben usar bufandas.

Si lo atrapas,
sostén una linterna en su ojo. Es toda una pupila oscura,
una noche entera en si misma, cuyo peludo horizonte se aprieta
mientras mira hacia atrás y cierra el ojo. Luego, en los párpados
una lágrima, su única posesión, como el aguijón de una abeja, se desliza.
Disimuladamente lo palmea, y si no estás atento
se la tragará. Pero si observas te la entregará,
fresca como de manantiales subterráneos y lo suficientemente pura para beberla.

Traducción: Nidia Hernández & DL

Tributo a Elizabeth Bishop.
Tumba de Elizabeth Bishop, en Worcester, Massachusetts.