César Vallejo

César Vallejo. (Perú, 1892-Francia, 1938). Nació en Santiago de Chuco, en los Andes peruanos, en el seno de una familia de origen mestizo y profundamente religiosa. Estudió Letras y Derecho en la Universidad de Trujillo, donde entró en contacto con círculos intelectuales y vanguardistas.

Publicó Los heraldos negros (1919), donde ya aparece su tono existencial, y luego Trilce (1922), una obra radicalmente innovadora que rompe con las formas tradicionales del lenguaje poético. En 1923, parte a Europa y no regresará nunca más al Perú.


Su experiencia en París

Vallejo llega a París en 1923 y allí vive el resto de su vida en condiciones de extrema precariedad. La ciudad, lejos de ser un refugio cómodo, se convierte en un espacio de lucha: pobreza, hambre, enfermedades y constantes dificultades para sobrevivir.

Durante sus primeros años, sufre una fuerte sensación de desarraigo y soledad. Sin embargo, París también le abre un horizonte intelectual decisivo: entra en contacto con las vanguardias europeas, el pensamiento político de izquierda y los debates culturales de su tiempo.

En la década de 1930, su compromiso político se intensifica. Se acerca al marxismo y viaja varias veces a la Unión Soviética, experiencia que influye en su visión del mundo y en su escritura. Su poesía se vuelve más directa, más solidaria, más centrada en el dolor colectivo.

En París escribe gran parte de los textos que luego se publicarán póstumamente como Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz, donde su voz alcanza una intensidad ética y emocional extraordinaria, marcada por la Guerra Civil Española y la conciencia del sufrimiento universal.

Murió en París en 1938. Su célebre verso —“Me moriré en París con aguacero”— parece anticipar ese final, sellando una vida en la que la experiencia personal y la historia se funden en una de las obras más profundas de la poesía moderna.


Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse
de días;
que es lóbrego mamífero y se peina...

Considerando
que el hombre procede suavemente del trabajo
y repercute jefe, suena subordinado;
que el diagrama del tiempo
es constante diorama en sus medallas
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,
desde lejanos tiempos,
su fórmula famélica de masa...

Comprendiendo sin esfuerzo
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar,
y, sujeto a tenderse como objeto,
se hace buen carpintero, suda, mata
y luego canta, almuerza, se abotona...

Considerando también
que el hombre es en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza...

Examinando, en fin,
sus encontradas piezas, su retrete,
su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo...

Comprendiendo
que él sabe que le quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente...

Considerando sus documentos generales
y mirando con lentes aquel certificado
que prueba que nació muy pequeñito...

le hago una seña,
viene,
y le doy un abrazo, emocionado.
¡Qué mas da! Emocionado... Emocionado...