Ana Luísa Amaral
(Lisboa, 1956 – Leça da Palmeira, 2022)
Poeta, ensayista, profesora de literatura, traductora, feminista, investigadora y productora radial portuguesa.
Estudió Filología Germánica en la Universidad de Oporto. Se doctoró en Literatura Norteamericana con una tesis dedicada a Emily Dickinson, a quien tradujo y estudió en profundidad. Especialista en poesía angloamericana, teoría literaria y estudios feministas.
Vivió temporalmente en Estados Unidos y en Inglaterra. Fue profesora en la Universidad de Oporto y participó en proyectos de investigación sobre literatura comparada y estudios de género. También colaboró en programas de radio dedicados a la poesía en Portugal.
Su obra se sitúa entre la tradición lírica portuguesa y la relectura crítica de la tradición occidental. Traducida a múltiples idiomas, su poesía dialoga con autoras como Dickinson, Louise Glück, Shakespeare o Margaret Atwood.
Entre sus libros se encuentran:
Mi señora de qué (1990), Epopeyas, Entre dos ríos y otras noches, El arte de ser tigre, La génesis del amor, Ágora, Qué hay en un nombre, Poesía reunida, entre otros.
En España su obra comienza a circular con mayor presencia desde 2016. En Venezuela aparece en traducciones desde 2007 y en 2012 se incluye en antologías bilingües como Siete poetas portugueses. En Monte Ávila se publica la antología Ana Luísa Amaral, traducida por Nidia Hernández.
Recibió numerosos reconocimientos, entre ellos:
Premio Giuseppe Acerbi (2007), Premio Literario Casino da Póvoa (2007), Gran Premio de la Asociación de Escritores Portugueses (2008), Premio Rómulo de Carvalho / António Gedeão (2012), Premio Internazionale Fondazione Roma (2018), Premio del Gremio de Libreros de Madrid (2020), Premio Vergílio Ferreira (2021), y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2021).
¿QUE ESCALA DE JACOB?
A mi padre, 23 de diciembre de 2002
La noche en que pisaron la luna por primera vez,
la imagen todavía en blanco y negro,
la escafandra blanca, el reflejo del sol en los lentes opacos,
la escalera que bajó, el polvo ingrávido que levantó la bota,
tan blanco y mágico,
en esa magia de las dos de la mañana, hora local, de aquí,
estabas conmigo.
Tomamos sopa a las cuatro de la mañana,
aún veo aquella sala, la mesa allá en el fondo,
el sofá grande, yo de once años sintiéndome adulta,
porque así me hablabas y tratabas.
Pisaron la luna: humana condición
por primera vez.
El día en que el examen de ciencias se hacía más largo,
yo sin saber el grado de las ecuaciones, que incógnitas había
que resolver, era Verano y el sol del lado izquierdo,
a la izquierda de la imagen dividida en tres frente a mi,
porfiando mi ignorancia,
en esa angustia menor de las tres de la tarde,
yo te sabía sentado detrás de mi, en el pupitre de atrás,
esperando, atacado de nervios y ternura.
Aprobé y aún veo tu sonrisa,
el polvo sin gravedad en la mirada, y yo de quince años
sintiéndome adulta, porque así lo aparentaba.
Una galaxia suelta por el cuerpo y el calor del sol
tan transparente.
El día en que mi cuerpo sufrió un dolor nuevo,
casi rasgado por la mitad, la luz del sol entrando
por la ventana antigua, los techos altos, blancos,
batas como escafandras,
en ese día tan largo en el que el sol caminó hasta el fin,
para al fin nacer, estuviste siempre ahí.
Todavía te veo apoyado en el umbral de esa puerta alta,
la voz de las escafandras tratando de sosegarte,
y tú sollozando bajito,
dividido entre el amor y la alegría.
La noche en que la luna te dejó,
en que dejaste de sentir su luz, el más trémulo toque,
todo lo que así nos hace: frágil, inmensa, humana condición,
en la noche de las escafandras y los fantasmas cenicientos,
yo no estaba contigo.
¿A que sabía la sopa que tomamos?
¿Qué escala de Jacob?
Traducción: Nidia Hernández

