Adalber Salas Hernández
(Caracas, 1987)
Poeta, ensayista, traductor, editor e investigador venezolano. Licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello, realizó estudios de posgrado y doctorado en lengua y literatura española y portuguesa en la Universidad de Nueva York. Ha desarrollado una intensa labor como escritor, traductor y crítico literario entre Venezuela, Estados Unidos, Canadá y España.
Pertenece a una generación de poetas venezolanos que comenzó a publicar a comienzos del siglo XXI. Su obra explora temas como el cuerpo, la enfermedad, la memoria, el desplazamiento, la pérdida, el exilio y las transformaciones del lenguaje.
Entre sus libros de poesía destacan La arena, el vidrio (2008), Extranjero (2010), Suturas (2011), Heredar la tierra (2013), Salvoconducto (2015), Mínimos (2016), La ciencia de las despedidas (2018), [a love supreme] (2018), Nuevas cartas náuticas (2022) y El libro de las transformaciones (2024), escrito junto a la poeta mexicana Elisa Díaz Castelo.

II recuerdo la última vez que fui con mi madre y mi abuela a limpiar la tumba de mi abuelo lo recuerdo nítidamente cada vez que durante la tarde la luz cae así arropada por la tierra que levanta el viento el monza estaba estacionado bajo un cielo árido en medio del cementerio general del sur y yo yo estaba en el asiento trasero con mis 7 u 8 años respirando ese calor espeso que era como un castigo de dios o un regalo de dios uno nunca podía notar la diferencia estaba ahí muy quieto mirando por la ventana cómo mi abuela barría esa losa de granito o mármol o qué sé yo y cómo mi madre ponía flores entre ambas levantaban un polvo que no tenía edad un polvo que hacía toser ante la tumba de ese abuelo venido de las canarias que no alcancé a conocer porque los cangrejos le devoraron la garganta ahora mismo también toso porque algo gotea en mi pulmón derecho toso y me pregunto si será esta asfixia la única herencia que me habrá dejado ese abuelo sin rostro pero no era eso lo que me preguntaba en la parte de atrás del monza ante la tumba que sí tenía un rostro de tierra torturada por la sed esa fue la primera vez que me pregunté bajo cuál sol insisten en crecer las manos de los muertos