César Vallejo es una de las figuras más radicales y decisivas de la poesía en lengua española del siglo XX.
Nació en Santiago de Chuco, Perú, en 1892. Su universo poético está profundamente atravesado por la experiencia andina, la pobreza, la religión popular y una sensibilidad temprana hacia el sufrimiento humano. Sin embargo, su poesía no se limita a lo regional: se abre rápidamente a una dimensión universal.
Su primer libro, Los heraldos negros (1919), aún conserva un lenguaje más cercano al modernismo, pero ya contiene una ruptura interna: una visión trágica de la existencia, donde aparece la famosa idea del “golpe” o la herida inexplicable de la vida.
Con Trilce (1922), Vallejo realiza una de las mayores revoluciones de la poesía moderna. El libro desarma la sintaxis tradicional, fragmenta el lenguaje, inventa palabras y altera la lógica gramatical.
Su etapa en Europa, especialmente en París, marca una evolución hacia una poesía más explícitamente histórica y política. En libros como Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz, el dolor individual se convierte en dolor colectivo.
El “mundo Vallejo” es, en esencia, un espacio donde el lenguaje está siempre al borde de romperse para poder decir lo indecible. Su poesía trabaja con la culpa, la ternura, la infancia, la precariedad del cuerpo y una compasión radical hacia el otro.
No busca la belleza como ornamento, sino como verdad herida. En Vallejo, la poesía es una forma de resistencia ética: una manera de insistir en lo humano incluso cuando el lenguaje parece insuficiente.
Falleció el 15 de abril de 1938 en París. Su obra fue editada y difundida ampliamente de manera póstuma.

un poema de César Vallejo, no se sabe a quien pertenece esta voz
Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse
de días;
que es lóbrego mamífero y se peina...
Considerando
que el hombre procede suavemente del trabajo
y repercute jefe, suena subordinado;
que el diagrama del tiempo
es constante diorama en sus medallas
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,
desde lejanos tiempos,
su fórmula famélica de masa...
Comprendiendo sin esfuerzo
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar,
y, sujeto a tenderse como objeto,
se hace buen carpintero, suda, mata
y luego canta, almuerza, se abotona...
Considerando también
que el hombre es en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza...
Examinando, en fin,
sus encontradas piezas, su retrete,
su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo...
Comprendiendo
que él sabe que le quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente...
Considerando sus documentos generales
y mirando con lentes aquel certificado
que prueba que nació muy pequeñito...
le hago una seña,
viene,
y le doy un abrazo, emocionado.
¡Qué mas da! Emocionado... Emocionado...