Walt Whitman

Walt Whitman (Estados Unidos, 1819–1892) nació el 31 de mayo de 1819 en West Hills, Long Island. En 1850 comenzó a escribir Leaves of Grass, obra fundamental que revisó y amplió durante toda su vida, introduciendo el verso libre con una cadencia inspirada en la Biblia.

La primera edición de Leaves of Grass apareció en 1855, financiada por el propio Whitman con 795 ejemplares. Recibió una célebre carta de Ralph Waldo Emerson que celebraba el inicio de su carrera, texto que el poeta utilizó luego como promoción. Fue admirado por figuras como Oscar Wilde y Henry David Thoreau, aunque también generó controversia por el tratamiento abierto de la sexualidad en su obra.

Su poema “O Captain! My Captain!” sobre la muerte de Abraham Lincoln fue el más difundido en su tiempo. En 1868, la publicación de sus poemas en Inglaterra consolidó su reconocimiento internacional. En 1891 preparó la edición final de Leaves of Grass, que consideró completa tras más de tres décadas de trabajo. Murió el 26 de marzo de 1892 en Camden, Nueva Jersey, a los 72 años. obra fundamental que revisó y amplió durante toda su vida, introduciendo el verso libre con una cadencia inspirada en la Biblia.

La primera edición de Leaves of Grass apareció en 1855, financiada por el propio Whitman con 795 ejemplares. Recibió una célebre carta de Ralph Waldo Emerson que celebraba el inicio de su carrera, texto que el poeta utilizó luego como promoción. Fue admirado por figuras como Oscar Wilde y Henry David Thoreau, aunque también generó controversia por el tratamiento abierto de la sexualidad en su obra.

Su poema “O Captain! My Captain!” sobre la muerte de Abraham Lincoln fue el más difundido en su tiempo. En 1868, la publicación de sus poemas en Inglaterra consolidó su reconocimiento internacional. En 1891 preparó la edición final de Leaves of Grass, que consideró completa tras más de tres décadas de trabajo. Murió el 26 de marzo de 1892 en Camden, Nueva Jersey, a los 72 años.

Walt Whitman | La última vez que florecieron las lilas en el jardín



1

La última vez que florecieron las lilas en el jardín

y la gran estrella cayó temprano en el cielo nocturno del oeste,

lamenté y lamentaré con el eterno regreso de la primavera.

Primavera que siempre regresas, trinidad segura me traes,

lilas que perennemente florecen, la estrella que cae en el oeste,

y el pensamiento de aquel a quien amo.

2

¡Oh, poderosa estrella caída en el oeste!

¡Oh, sombras de la noche! — ¡oh, noche cambiante, llorosa!

¡Oh, gran estrella desaparecida! — ¡oh, negra oscuridad que oculta a la estrella!

¡Oh, crueles manos que me dejan impotente! — ¡oh, inútil alma mía!

¡Oh, dura nube envolvente que no liberará mi alma!

3

En el jardín, frente a una vieja granja junto a una cerca blanqueada,

se yergue el arbusto de lilas, crece alto con sus hojas acorazonadas de un rico verde,

con varias flores puntiagudas elevándose delicadas, con el fuerte perfume que amo,

con cada hoja un milagro — y de este arbusto en el jardín,

con flores de delicado color y hojas acorazonadas de un rico verde,

arranco un ramito con su flor.

4

En el pantano, en apartados rincones,

un tímido pájaro escondido gorjea una canción.

Solitario, el tordo,

el ermitaño recogido en sí mismo, evita los pueblos,

canta solo una canción.

Canción de la garganta sangrante,

canción de la vida que mana de la muerte (pues, querido hermano, sé bien

que si no te fuera dado cantar, seguramente morirías).

5

Sobre el pecho de la primavera, en el campo, entre ciudades,

entre senderos y a través de viejos bosques, donde recientemente las violetas brotaban del suelo y manchaban los restos grises,

entre la hierba en los campos a cada lado de los senderos, pasando la hierba infinita,

pasando los trigales amarillos, donde cada grano se eleva de su mortaja en los campos de un gris pardo,

pasando los manzanos de flores blancas y rosadas de los huertos,

llevando un cadáver a la tumba en que descansará,

de noche y de día viaja un ataúd.

6

Ataúd que pasas por veredas y calles,

de día y de noche con la gran nube que oscurece la tierra,

con la pompa de las banderas a media asta, con las ciudades enfundadas de negro,

con el espectáculo de los Estados mismos cual mujeres de pie con velos de crespón,

con procesiones largas y sinuosas y antorchas en la noche,

con incontables teas encendidas, con el mar silencioso de los rostros y las cabezas descubiertas,

con la estación que espera, el ataúd por llegar y los sombríos rostros,

con himnos fúnebres en la noche, con las mil voces que se elevan fuertes y solemnes,

con todas las voces dolientes de los himnos fúnebres derramadas en el ataúd,

las iglesias en penumbras y los órganos temblorosos — entre estas cosas viajas,

con el metálico tañido, perpetuo tañido de las campanas,

toma, ataúd que pasas lentamente,

te doy mi ramita de lila.

7

(No para ti, para uno solo

traigo flores y ramas verdes a todos los ataúdes,

pues, fresco como la mañana, así cantaría una canción para ti, oh sensata y sagrada muerte.

Toda entera con ramilletes de rosas,

oh, muerte, yo te cubro toda entera de rosas y lirios tempranos,

pero ahora, en especial, con la lila que florece primero,

copiosamente las arranco, arranco las ramitas de los arbustos,

con brazos cargados llego y las derramo para ti,

para ti y todos tus ataúdes, oh muerte.)

8

Oh, estrella del oeste que navegas el cielo,

ahora sé lo que quisiste decir hace un mes cuando yo paseaba,

cuando yo paseaba en silencio en la noche transparente y sombría,

cuando vi que tenías algo para decir al inclinarte hacia mí noche tras noche,

cuando caíste del cielo lentamente como hacia mi lado (mientras todas las otras estrellas nos miraban),

cuando vagamos juntos en la noche solemne (pues algo, no sé qué, me impedía dormir),

cuando la noche avanzaba y yo veía, en el borde del oeste, cuán llena estabas de congoja,

cuando estaba de pie sobre suelo alto, en la brisa, en la fría noche transparente,

cuando observé el lugar donde pasabas para perderte en la negrura descendente de la noche,

cuando mi alma, insatisfecha, se hundió en su dolor, como tú, triste estrella,

concluías, caías en la noche, y desaparecías.

9

Canta allí en el pantano,

oh, cantor tímido y tierno, escucho tus notas, escucho tu llamado,

escucho, llego de inmediato, te comprendo,

pero me demoro un momento, pues la lustrosa estrella me ha detenido,

la estrella retiene a mi camarada que se va, y me detiene.

10

Oh, ¿cómo habré de gorjear para ese muerto que amé?

¿y cómo habré de adornar mi canción para la gran alma dulce que se ha ido?

¿y qué perfume habré de llevar a la tumba de aquel a quien amo?

Vientos marinos soplan del este y del oeste,

que soplan del mar oriental y soplan del mar occidental, para juntarse allí en las praderas,

con ellos y con el aliento de mi canto,

perfumaré la tumba de aquel a quien amo.

11

Oh, ¿qué habré de colgar en las paredes del cuarto?

¿y cuáles habrán de ser los cuadros que cuelgue en las paredes,

para adornar el sepulcro de aquel a quien amo?

Cuadros de creciente primavera y granjas y hogares,

con el atardecer del cuarto mes y el humo gris lúcido y brillante,

con las riadas amarillo doradas del sol poniente precioso, indolente, que explota y se expande en el aire,

con la frescura dulce de la hierba bajo los pies, y las hojas de un verde pálido de los árboles prolíficos,

en la distancia, la bruma que fluye, el pecho del río con motas de viento aquí y allá,

con colinas escalonadas en las riberas, con muchas líneas contra el cielo, y sombras,

y la ciudad cercana con las moradas tan densas, y montones de chimeneas,

y todas las escenas de la vida y los talleres, y los obreros volviendo a sus hogares.

12

Miren, cuerpo y alma — esta tierra,

mi propio Manhattan con sus pináculos y mareas burbujeantes y presurosas, y barcos,

la tierra variada y amplia, el sur y el norte en la luz, las costas de Ohio y el parpadeante Missouri,

y siempre las praderas amplias a lo lejos cubiertas de hierba y maíz.

Miren, el sol más excelente tan calmo y altivo,

el amanecer violáceo y púrpura con leves brisas,

la suave luz recién nacida, inabarcable,

el milagro que se expande bañándolo todo, cumplido el mediodía,

el delicioso ocaso que llega, la noche bienvenida y las estrellas,

que brillan todas sobre mis ciudades, envolviendo al hombre y a la tierra.

13

Canta, canta, pájaro grisáceo,

canta desde los pantanos, en los rincones, derrama tu canto desde los arbustos,

ilimitado, desde las sombras, desde los cedros y los pinos.

Canta, hermano querido, gorjea tu aguda canción,

alta canción humana, con voz de supremo dolor.

¡Oh, fluida y libre y tierna!

¡Oh, salvaje y libre para mi alma! — ¡oh, maravilloso cantor!

Solo a ti te escucho — pero la estrella me retiene (mas pronto se irá),

pero la lila con su penetrante olor me retiene.

14

Ahora bien, de día, cuando yo estaba sentado y miraba ante mí,

hacia el final del día con su luz y sus campos de primavera, y los campesinos que preparaban sus cosechas,

en el vasto decorado inconsciente de mi tierra con sus lagos y bosques,

en la aérea belleza celestial (después de los vientos turbulentos y las tormentas),

bajo la bóveda del cielo de la tarde que pasaba rápido, y las voces de niños y mujeres,

las muchas mareas movedizas, y yo veía a los barcos que navegaban,

y el verano que se acercaba con riqueza, y los campos atareados de trabajo,

y las infinitas casas separadas, cómo todas avanzaban, cada una con sus comidas y minucias cotidianas,

y las calles que latían palpitantes, y las ciudades contenidas — entonces, allí,

cayendo sobre todas ellas y en medio de todas ellas, envolviéndome con el resto,

apareció la nube, apareció el largo rastro negro,

y conocí la muerte, su pensamiento, y el sagrado conocimiento de la muerte.

Entonces, con el conocimiento de la muerte caminando a mi lado,

y el pensamiento de la muerte caminando al otro lado,

y yo en medio como entre dos compañeros, y como tomando las manos de los compañeros,

hui hacia la oculta noche receptiva que no habla,

hacia las costas, el camino hacia el pantano en la penumbra,

hacia los solemnes cedros sombríos y los pinos fantasmales e inmóviles.

Y el cantor, tan tímido con los demás, me recibió,

el pájaro grisáceo que conozco, nos recibió a los tres camaradas,

y cantó la canción de la muerte, y un poema para aquél a quien amo.

Desde profundos rincones apartados,

desde los fragantes cedros y los pinos fantasmales e inmóviles,

llegó la canción del pájaro.

Y el encanto de la canción me capturó,

mientras yo sostenía como de las manos a mis camaradas en la noche,

y la voz de mi espíritu coincidía con la canción del pájaro.

Ven, agradable y reconfortante muerte,

ondula alrededor del mundo, llega serena, llega,

de día, o de noche, para todos, para cada uno,

tarde o temprano, delicada muerte.

Loado sea el universo insondable,

por la vida y la alegría, y por los objetos y saber curiosos,

y por el amor, dulce amor — pero ¡loor, loor, loor!

por el abrazo seguro, fresco, envolvente, de la muerte.

Oscura madre que siempre te deslizas cerca con suaves pisadas,

¿nadie ha cantado para ti un canto de plena bienvenida?

Entonces yo lo canto para ti, yo te glorifico por encima de todas las cosas,

yo te traigo una canción para que, cuando vengas, vengas sin dudar.

Acércate fuerte, liberadora,

cuando es así, cuando los has arrebatado, yo canto alegremente a los muertos,

perdidos en el amoroso océano que eres tú,

bañados en el diluvio de tu dicha, oh, muerte.

De mí hacia ti, alegres serenatas,

danzas propongo para saludarte, adornos y deleites para ti,

y las vistas del paisaje abierto y el alto cielo extendido son adecuados,

y la vida y los campos, y la noche inmensa y pensativa.

La noche silenciosa bajo innumerables estrellas,

la costa del océano y la ronca ola murmurante cuya voz conozco,

y el alma que se vuelve hacia ti, oh, vasta y velada muerte,

y el cuerpo agradecido que anida cerca de ti.

Sobre las copas de los árboles hago flotar tu canción,

sobre las olas que se levantan y se hunden, sobre las miríadas de campos y las anchas praderas,

sobre las ciudades populosas todas y los atestados muelles y caminos,

yo hago flotar esta canción con alegría, con alegría para ti, oh muerte.

15

En armonía con mi alma,

alto y fuerte continuó el pájaro grisáceo,

con notas puras, deliberadas, que extendían y llenaban la noche.

Alto en los pinos y en los cedros sombríos,

claro en la frescura húmeda y en el perfume del pantano,

y yo con mis camaradas, allí en la noche.

Mientras tanto, mi vista encerrada en mis ojos abiertos,

sobre largos panoramas de visiones.

Y yo vi de reojo a los ejércitos,

vi, como en sueños silenciosos, cientos de estandartes de guerra,

cargados a través del humo de las batallas y agujereados con proyectiles, yo los vi,

y llevados de aquí para allá a través del humo, y arrancados y ensangrentados,

y al final sólo unos pocos jirones en las astas (y todo en silencio),

y las astas todas astilladas y rotas.

Yo vi los cadáveres de las batallas, miríadas de ellos,

y los blancos esqueletos de hombres jóvenes, yo los vi,

vi restos y restos de todos los soldados asesinados en la guerra,

pero vi que no eran como se creía,

ellos mismos estaban en completo descanso, no sufrían,

los que quedaban vivos sufrían, la madre sufría,

y la esposa y el niño y el reflexivo camarada, sufrían,

y los ejércitos que quedaban, sufrían.

16

Paso las visiones, paso la noche,

paso, suelto las manos de mis camaradas,

paso la canción del pájaro ermitaño y el canto coincidente con mi alma,

victoriosa canción, canción de liberación de la muerte, pero canción que varía, siempre cambiante,

baja y sufriente, pero de notas claras, que sube y baja, inundando la noche,

que triste se hunde y se desvanece, como advirtiendo y advirtiendo, y otra vez estalla de alegría,

cubriendo la tierra y llenando la extensión del cielo,

como ese poderoso salmo en la noche que oía desde los rincones,

paso, te abandono, lila con hojas acorazonadas,

te abandono allí en el jardín, florecida, regresando con la primavera.

Ceso mi canto para ti,

mi mirada para ti hacia el oeste, de cara al oeste, comulgando contigo,

oh, camarada brillante con tu rostro plateado en la noche.

Pero guardemos cada cosa recuperada de la noche,

el canto, el maravilloso canto del pájaro gris pardo,

y el canto coincidente, el eco despertado en mi alma,

con la brillante estrella caída, con su rostro lleno de dolor,

con quienes sostenían mi mano al acercarnos al canto del pájaro,

mis camaradas y yo en el medio, y conservemos siempre su recuerdo, por el muerto a quien tanto amé,

por el alma más dulce y sabia de todos mis días y tierras — y esto en su querido nombre,

lila y estrella y pájaro entrelazados con el canto de mi alma,

allá en los fragantes pinos y los cedros sombríos.


Walt Whitman



Traducción: Griselda García