e e cumming

Edward Estlin Cummings (1894–1962), conocido como e. e. cummings, fue uno de los poetas más innovadores y singulares de la literatura estadounidense del siglo XX. Nació en Cambridge, Massachusetts, en el seno de una familia culta; su padre fue profesor en Harvard University, donde el propio Cummings también estudió Lengua y Literatura.

Durante la Primera Guerra Mundial, se alistó como conductor de ambulancias en Francia. Allí fue arrestado brevemente bajo sospecha de espionaje, experiencia que marcaría su visión crítica de la autoridad y la guerra, y que luego narró en su obra The Enormous Room.

Cummings es célebre por su estilo radical: rompió con la sintaxis tradicional, jugó con la disposición visual de las palabras y desafió las reglas de puntuación y mayúsculas. Su poesía combina una sensibilidad lírica intensa con un espíritu lúdico y experimental, explorando temas como el amor, la naturaleza, la individualidad y la libertad.

A lo largo de su vida publicó numerosos libros de poesía, además de ensayos, dibujos y obras teatrales. Aunque en su momento fue considerado excéntrico, hoy es reconocido como una figura clave de la modernidad poética, cuya obra sigue inspirando por su frescura y su defensa apasionada de lo singular.



En algún lugar al que nunca viajó,
felizmente más allá de toda la experiencia,
tus ojos tienen su silencio
En tu gesto más frágil hay cosas que me rodean
o que no puedo tocar porque están demasiado cerca.
Con solo mirarme, me liberas.
Aunque yo me haya cerrado como un puño,
Siempre abres, pétalo tras pétalo mi ser,
como la primavera abre con un toque diestro
y misterioso su primera rosa.
O si deseas cerrarme, yo y
mi vida nos cerraremos muy bella, súbitamente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
La nieve cayendo cuidadosa por doquier.
Nada que haya de percibir en este mundo iguala
la fuerza de tu intensa fragilidad, cuya textura
yo con el color de sus campos,
Retornando a la muerte y la eternidad con cada respiro.
Ignoro tu destreza para cerrar y abrir
pero dime
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas ...
Nadie, ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas.