GUAYABO
Cuando niña
de visita a Urama
recogía, abría y revisaba guayabas
para todos,
hasta que un viejo me dijo
que así no se comía la guayaba,
que había que cerrar los ojos
y que si tenía o no tenía gusano era cosa de dios
o de sorpresa en el fruto que saliera con mejor sabor.
Yo seguía las instrucciones
y me comía cada tarde con las tripas revueltas
todos los gusanos de Urama.
Posiblemente ese haya sido
el primer contacto de mi lengua
con el sabor de la muerte
en los mejores frutos.
Con el tiempo aprendí a hacer mermelada,
a desaparecer el tacto baboso y frío
en el hervor de la hornilla,
aunque siempre sintiéndome cobarde.
Hoy quisiera otorgarte aquel sabor.
Pedirte incluso que no me permitas olvidar
la paciencia o el error
de aquella niña de diez años
sentada a la sombra cada tarde
y aprendiendo, sin saber,
a tragar
tu pedazo de muerte
y tu pedazo de vida.
Gabriela Kizer
El cielo tiene un lado sordo
Mi esposo me ha dicho que no le siga hablando
que si yo quiero él va y le pregunta qué le pasa
Mi esposo prefiere que yo mire para abajo
Aquí los vínculos son más fecundos
Aquí si tengo que orar me perfumo
(Los perfumes se ofrecen como oraciones)
Aquí tengo un libro lleno de lamentaciones, gemidos y ayes
(Yo no he querido comerme el libro que me ofrece el ángel)
Aliméntate, me pide mi esposo
Aliméntate
Aliméntate
El cielo tiene un lado sordo
Aquí si tengo que orar me perfumo
Patricia GuzmánPARECE OTOÑO
Parece otoño.
Tu nombre se oye
en el crujir de las páginas amarillas.
Me recuerdan
que no te he visto
que todo termina,
que las estaciones se suceden
y que a veces
es sabio esperar
el poema redondo,
la carta que no llega,
el verte no sé cuando.
No fui hecha para las esperas
pero aquí estoy,
con los ojos bien abiertos,
por si anochece.
Adriana Gibbs
Tuve que preguntar por el olvido
son santos los inventos de recuerdos
sus resonancias.
Tuve que narrarme y describirme
lo que no me contaron
mis andanzas a cluecas
las cuentas de las líneas
y una solitaria trampa de jugar y ganarle al invisible.
Aún así no creo
aunque las cuentas de las líneas, los puntos,
la no pregunta de Perceval, la nunca pregunta.
Callar es hablarte
mas nadie escucha el eco de la mente
ni se adivina.
Astrid Lander
JET LAG
La cocina era una celebración de la vida
Seis langostas
El mejor de los vinos
“Esto es, Quele, por tu viaje”
Y brindamos esa noche
Cuando mi padre y su amigo Toton
Decidieron botar la cocina por la ventana
Y sorprendernos
“Toton era así”, evoca mi padre
Por el vino, el vodka
O las langostas
Esa noche quedó en nosotros
La imagen de mi hermano y tío Charles
Disertando sobre el mundo
En el jardín de San Pablo
Que tanto conmovió a mi madre
(los detalles)
En todo eso pensaba en el avión sobre el Atlántico
Y todavía pienso
Los viajes son un poco eso
Cuando uno va o viene
Y los encuentra intactos
Ahí donde los sabíamos
Preservados por la memoria
Que todo lo guarda y protege
Blanca Elena Pantin
Mi madre prefiere
la enramada del silencio
levantarse temprano
a buscar su agua clara
iniciar cada mañana
el lento brocado de los días
Lanzar flores
a los lagos profundos del alma
Sembrar tortolitas
Con el cristofué bordar
los aromas de la tarde
Erguirse
bajo el cristal de los años
Ofrecer su ritual al espejo
sacerdotisa del culto a mi padre:
arcilla perfecta
a su exacta medida
Maritza Jiménez
Arrodillada
creyéndome álamo desnudo
y con el peso del cielo.
Un charco de junio
busca mi rostro,
se burla igual que los muertos
de mis manos.
Una soledad larga y cercana
como una luz de mayo
es mi adiós.
Estoy sola con mis voces,
con los gestos que viven de lo añorado,
en este barro que me hace feliz
Carmen Verde Arocha
HOMENAJE
Presa de la luz
mi madre bate sus alas ciegas
en la noche
Pequeñas marcas en la piel
agujas, lamentaciones
Se trata de la infancia
tan hondamente perdida
el color del cabello
el óvalo del rostro
Mi madre descansa sobre la pared blanqueada
mientras
en la sed de los espejos
el sueño se fatiga
Yolanda Pantin
BOGARES
En esta noche de luna huida
tú la inventas con tu cuerpo
desnudo
erizado en el frío que no sientes.
Tu pálpito dejó ya de ser de esta tierra.
Has ganado la levedad de lo nocturno,
su silencio.
Lenguas mudas lamen sin prisa las arenas,
luces dubitativas saben cortar el perfil de un ave,
rumores de hojas se deslizan como cuchillos afilados sobre las piedras.
La luz se vuelve polvo para amarte.
Cierra los ojos a la vida insatisfecha de los bosques,
seca tu sudor,
cede a las palpitaciones, no de las ninfas engañosas,
a las del torrente que nace en tus sienes.
Entrégate a este bogar
que habría de llevarte
corrientes abajo
hacia el lecho definitivo
el temido abismo
mostrará tu imagen sumergida
ajena a las flores y al tiempo.
Desnudo ya, desembarazado de ti
Ya.
Moraima Guanipa
XIII
Desoculto la memoria de las trampas ordinarias,
y me entrega una desordenada cabellera de nostalgias.
Afuera llueve sobre mi ciudad,
pero mi cuerpo se prolonga entre Gobelins y Gay Lussac.
Podría subirme a cualquier autobús, como siempre, con el estómago asustado.
Podría contarte cuantas veces se mojaron mis pies en las calles resbaladizas
refugiándome en los rescoldos de las tiendas.
Esa tarde, guardé mi mejor imagen de la lluvia en parís:
una mujer tomaba notas de Dios sabe qué,
en la parada del Montmartrebus,
con un cuerpo apocado y un luto de esperas.
Será porque me estremecí para siempre,
al verme en ambos sentidos de la calle sentada.
Ahora que escucho el aguacero, su crepitar no se parece a mi recuerdo,
casi un murmullo constante, como el que se desprende de las pinturas de la catedral de Rouen,
cuya tristeza a cualquier hora del día me resulta endémica.
Yo callo mis dolencias, las recito a solas como un rosario,
allí inseparables, acomodando sus ballestas cada tarde.
Pero tú el más cruel, tú estás en el interior de todos los murmullos,
donde nunca deja de llover.
Albanela Pérez-Suarez