Jorge Luis Borges nació en 1899 en Buenos Aires, Argentina, en el seno de una familia con una fuerte tradición intelectual. Pasó parte de su infancia en Europa, especialmente en Suiza, donde estudió durante la Primera Guerra Mundial y aprendió varios idiomas.
Desde joven se vinculó a los movimientos literarios de vanguardia. A su regreso a Argentina en la década de 1920 participó activamente en revistas y círculos culturales, y publicó sus primeros libros de poesía, como Fervor de Buenos Aires (1923).
Trabajó como bibliotecario y más tarde fue director de la Biblioteca Nacional de Argentina. A lo largo de su vida sufrió una pérdida progresiva de la vista, hasta quedar prácticamente ciego, lo que influyó en su forma de leer, escribir y dictar sus textos.
Viajó con frecuencia por Europa y América, dando conferencias y participando en actividades literarias. Nunca se casó en su juventud, pero en sus últimos años contrajo matrimonio con María Kodama, quien fue también su colaboradora cercana.
Murió en 1986 en Ginebra, Suiza. Su vida estuvo marcada por la lectura, la escritura, los viajes y una relación constante con las bibliotecas y las lenguas.
«No escribo para una minoría selecta, que no me importa, ni para ese adulado ente plátonico cuyo apodo es la masa, descreo de ambas abstracciones caras al demagogo. Escribo para mí, para los amigos y para atenuar el curso del tiempo». Borges.

Jorge Luis Borges en La maja desnuda, UPV Radio. Conduce: Nidia Hernández
La lluvia Bruscamente la tarde se ha aclarado porque ya cae la lluvia minuciosa. Cae o cayó. La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado. Quien la oye caer ha recobrado el tiempo en que la suerte venturosa le reveló una flor llamada rosa y el curioso color del colorado. Esta lluvia que ciega los cristales alegrará en perdidos arrabales las negras uvas de una parra en cierto patio que ya no existe. La mojada tarde me trae la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto. ELEGÍA Sin que nadie lo sepa, ni el espejo, ha llorado unas lágrimas humanas. No puede sospechar que conmemoran todas las cosas que merecen lágrimas: la hermosura de Helena, que no ha visto, el río irreparable de los años, la mano de Jesús en el madero de Roma, la ceniza de Cartago, el ruiseñor del húngaro y del persa, la breve dicha y la ansiedad que aguarda, de marfil y de música Virgilio, que cantó los trabajos de la espada, las configuraciones de las nubes de cada nuevo y singular ocaso y la mañana que será la tarde. Del otro lado de la puerta un hombre hecho de soledad, de amor, de tiempo, acaba de llorar en Buenos Aires todas las cosas. LOS JUSTOS Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire. El que agradece que en la tierra haya música El que descubre con placer una etimología. Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez. El ceramista que premedita un color y una forma. Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto. El que acaricia a un animal dormido. El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho. El que agradece que en la tierra haya Stevenson. El que prefiere que los otros tengan razón. Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.
