Gabriela Kizer

Gabriela Kizer (Caracas, 1964) es poeta, biógrafa y profesora universitaria, una de las voces destacadas de la poesía venezolana contemporánea.

Es licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela y Magíster en Literatura Latinoamericana Contemporánea por la Universidad Simón Bolívar. Desde 1993 se ha desempeñado como profesora en la Escuela de Artes y en la Maestría en Literatura Comparada de la misma universidad, donde ha formado a nuevas generaciones de lectores y escritores.

Su obra poética está compuesta por libros como Amagos (2000), Guayabo (2002), Tribu (2011) y Pavesa (2019), a los que se suma En falso (2022), publicado en España. Su escritura explora la memoria, la herencia, la identidad y los vínculos familiares, con una voz reflexiva y de gran intensidad lírica.

Con Tribu obtuvo el Premio Internacional de Poesía «José Barroeta» en el marco de la Bienal de Literatura «Mariano Picón-Salas», uno de los reconocimientos más importantes de su trayectoria.

Además de su trabajo poético, ha desarrollado una labor como investigadora y biógrafa, destacando sus estudios sobre figuras de la cultura venezolana. Su obra, tanto creativa como crítica, la posiciona como una figura clave dentro del panorama literario actual en Venezuela.

VODKA

Que una tarde acabe con lluvia

y poco espesor de azúcar en la sangre

no es demasiado.


Que uno se reconcilie de pronto

con el amor peor dejado

y que vuelvan los cuerpos y las voces

sobre la casa hundida,

sin pretender alzar otra columna

ni soñar que habitamos otra casa,

es casi como un golpe que hace vida a la vida.


Y henos aquí

jugando a que estos besos son los besos de otros,

a que resbalan por la piel y no resfrían el alma.

Henos aquí jugando,

recorriendo de vuelta el polvoso camino

y pocos serios ante la gravedad del asunto

como si la risa viniera de una irónica calma,

de corazones ya suficientemente burlados.


Nosotros,

los que desconocíamos cualquier camino de retorno

¿Qué hemos hecho para venir a dar con el amor al que se vuelve?

Dónde estabas

mientras yo te enterraba

y enterraba contigo –cavadora egipcia-

toda la maraña del amor imposible

para que te llevara tus tesoros al otro mundo.

¿En qué limbo de paciencia aguardabas?


Te he soltado.

Ya no estás preso a mi pecho ni a imagen alguna

y no puedo dejar de preguntarme

en qué momento tu animal enfurecido

aceptó que se le quebrara el corazón.

Porque hoy he venido a mirarte largo rato a los ojos

sin sentir la tentación de pedirte

que me sostengas el mundo cuando los pisos se agrieten,

porque hoy he venido a mirarte

sin querer que me salves de nada.


Alguna vez confiamos en el tiempo

y cada quien –a su modo- supo postergarlo.

Ahora

que ya tenemos tan poco para postergar,

que robamos pasión a un tiempo que ya no es “nuestro tiempo”

que el portero del edificio me mira con recelo.


Ahora que el despecho para mí es estar en ascuas

entre el final de un poema

y el comienzo de otro que se tarda

como se tarda el amor

y que puede incluso no llegar nunca.


Ahora

que tantas tardes se han ido sin esperarte

y que he aprendido tan bien a sostener entre las noches

el as de un juego solitario,

que no puedo negar el desierto que habita este corazón

y lo reclama.


Ahora

que un clavo no saca otro clavo,

el pecho se tranca, de seguro, no le queda otra cosa.


Ha sido hermosa la tarde

aunque tan difícil sea hablar de amor,

aunque sepamos que hay una casa que se levanta sin estructura

y que esa casa es la nuestra.


No te pregunto por lo que haremos otras tardes,

eso lo sé

y voy a ti sin dobleces.

Vuelvo a sacar dos cubos de hielo,

los pongo en un vaso

y abro la botella

como quien retoma un gesto detenido por distracción,

como quien no ha dejado una noche de hacerlo.