La maja desnuda es un archivo vivo de poesía internacional. La voz, el texto y el rostro del poeta forman parte de una misma memoria cultural. Un espacio donde la poesía no solo se lee: también se escucha y se contempla.

Blanca Varela: Cien años de una voz que permanece

10 de agosto de 2026 — Centenario de Blanca Varela

Hay poetas que llegan a un programa de radio. Y hay poetas que, de alguna manera, forman parte de su historia desde el comienzo. Blanca Varela es una de ellas.

Cuando La Maja Desnuda inició sus transmisiones en 1988, su primer programa estuvo dedicado a Blanca Varela. Años después, cuando comenzamos nuestras transmisiones en UPV Radio, en Valencia, España, volvimos a comenzar con ella. Desde entonces, su poesía ha acompañado de manera constante la historia de nuestro programa y ocupa un lugar muy especial en nuestro archivo sonoro.

Hoy, 10 de agosto de 2026, Blanca Varela habría cumplido cien años. Y sentimos que sigue entre nosotros de la manera más verdadera en que puede permanecer un poeta: en sus poemas y en su voz.

Entre los tesoros que guarda la historia de La Maja Desnuda está una grabación que nos es particularmente querida: “Monsieur Monod no sabe cantar”, poema que Blanca Varela leyó para nosotros durante su visita a Caracas, en los años noventa.

Fuimos nosotros, en La Maja Desnuda, quienes realizamos y transmitimos aquella grabación. Con el paso de los años, esa lectura comenzó a circular ampliamente por Internet, tomada de las emisiones de nuestro programa. Nos queda la alegría profunda de haber conservado aquella voz y de haber contribuido a que ese poema siguiera viajando.

El Fondo de Cultura Económica publicó un CD con la voz de Blanca Varela, pero Monsieur Monod no sabe cantar no está incluido en él. La grabación que hoy puede escucharse en distintos espacios de Internet nació en La Maja Desnuda.

Hoy puede escucharse también en Poesiaudio, proyecto de poesía de Arrowsmith Press, Boston, cuya curaduría está a mi cargo. Allí ofrecemos nuestra grabación de Blanca Varela, junto con la traducción al inglés de Luisa Allen Ortiz y Arturo Desimone, leída por Askold Melnyczuk, Director de Arrowsmith Press.

Blanca Varela es una de las grandes voces de la poesía hispanoamericana y tuve el privilegio de conocerla personalmente en Caracas.

Recuerdo con especial emoción aquel encuentro. Le regalé una edición aniversaria de La Maja Desnuda: 21 Artes Poéticas, en la que estaba incluido su “Arte Poética: Del orden de las cosas”. Me comentó que le gustaba mucho aquel ejemplar. Verla revisando la antología y sosteniéndola entre sus manos fue para mí un momento maravilloso y un honor que conservo intacto en la memoria.

En el archivo de UPV Radio pueden encontrarse varios programas dedicados a Blanca Varela, testimonio de una presencia muy fuerte para nosotros y de una poeta que nunca ha dejado de acompañarnos.

Su poesía continúa viajando también a través de otras lenguas. En el sitio de La Maja Desnuda ofrecemos traducciones al inglés de sus poemas realizadas por Sophie Cabot Black, María Negroni, Luisa Allen Ortiz, Arturo Desimone y Eileen O’Connor, así como la especial traducción al finés realizada por Tarja Roinila.

Y nada puede sustituir su voz.

Esa voz que un día escuchamos en Caracas.
Esa voz que guardamos en nuestros archivos.
Esa voz que vuelve a sonar una y otra vez.

Cien años después de su nacimiento, celebramos a Blanca Varela como la poeta que estuvo con nosotros desde el primer día y que, de algún modo, nunca se ha ido. Porque los poetas que amamos permanecen.

Y Blanca Varela permanece en sus poemas, en sus libros, en sus traducciones, en sus lectores y, para nosotros, también en aquella voz que un día tuvimos la fortuna de grabar.

Blanca Varela, cien años después:

la escuchamos y sigue aquí.



Conversación con Simone Weil


-los niños, el océano, la vida silvestre, Bach.

–el hombre es un extraño animal.

En la mayor parte del mundo

la mitad de los niños se van a la cama

hambrientos.

¿Renuncia el ángel a sus plumas, al iris,

a la gravedad y la gracia?

¿Se acabo para nosotros la esperanza de

ser mejores ahora?

La vida es de otros.

Ilusiones y yerros

La palabra fatigada.

Ya ni te atreves a comerte un durazno.

Para algo cerré la puerta,

di la espalda

y entré la rabia y el sueño olvide

muchas cosas.

La mitad de los niños se van a la cama

hambrientos.

–los niños, el océano, la vida silvestre Bach.

–el hombre es un extraño animal.

Los sabios en quien depositamos nuestra

confianza

nos traicionan.

–los niños se van a la cama hambrientos

–los viejos se van a la muerte hambrientos.

El verbo no alimenta. Las cifras no sacian.

Me acuerdo ¿Me acuerdo?

Me acuerdo mal, reconozco a tientas. Me equivoco.

Viene una niña de lejos. Doy la espalda.

Me olvido de la razón y el tiempo.

Y todo debe ser mentira

porque no estoy en el sitio de mi alma.

No me quejo de la buena manera.

La poesía me harta.

Cierro la puerta

Orino tristemente sobre el mezquino fuego

de la gracia.

–los niños se van a la cama hambrientos.

–los viejos se van a la muerte hambrientos.

El verbo no alimenta.

Las cifras no sacian.

–el hombre es un extraño animal.





CONVERSATION WITH SIMONE WEIL



-children, the ocean, wildlife, Bach.
–man is a strange animal.

In most of the world,
half the children go to bed
hungry.

Does the angel renounce its feathers, the rainbow,
gravity and grace? 

Is our hope for better
now over? 

Life is for others.
Delusions and mistakes
The weary word.
You don’t even dare eat a peach.

I closed the door for a reason,
turned my back
and between sleep and anger forgot many
things.

Half the children go to bed
hungry.

–children, the ocean, wildlife, Bach.
–man is a strange animal.

The wise in whom we place
our trust
betray us.

–children go to bed hungry.
–the old go to death hungry.

The word does not feed. Numbers do not add up.

I remember; do I remember?
I misremember, I grope. I make mistakes.
A girl comes from afar. I turn my back.
I forget reason and time.

And everything must be a lie
as I am not in the place of my soul.
I don't complain the right way.
Fed up with poetry.
I close the door,
Piss sadly on the paltry flame
of grace.

–children go to bed hungry.
–the old go to death hungry.

The word does not feed.
Numbers do not add up.

–man is a strange animal.



Translated by Sophie Cabot Black





UN POEMA DE BLANCA VARELA EN FINÉS


kuolema pukee morsiamen

jäinen peukalo
kohottaa silmäluomea
ja tiputtaa pisaran pimeyttä

yö suurenee
ja jokainen silmäluomi
on tumma puolikuu

ilma valvoo
elämän löyhkää
ei kajoa profiiliin

hiukset ja huuli
loistavat toista valoa
meri hänen korvassaan vaikenee

ja nyt koko ruumis
vanhoista varjoista vapaa
siliää viimeistä rakkautta varten





Traduccion: Tarja Roinila, Finlandia

Blanca Varela

I don’t know if I love you or loathe you
as if you had died before your time
or were being born little by little
painfully from nothingness always

Because it’s unbearable to begin naming you
from the blind beginning of things
with colors with lyrics with air.

Violet red blue yellow orange
wistfully
hopefully
absurdly
eternally.

A young woman and her very small daughter (I remember them perfectly, the little girl wore a dirty red coat and heavy rubber boots) pushed me aside to be the first to witness the spectacle.
I was on Bleecker Street, Italian bread beneath my arm. First I heard sirens, then they closed the street I had just come from. Someone had jumped out a window.
I kept on walking. I couldn’t help it. I was singing.

“My night is no longer night because of its darkness

The night before, a few steps away from that corner, from that very house, below that same high, black window, I had bought sausages and onions. That night had been very cold, three young guys played jazz on the sidewalk and a bearded Scotsman, a real Scotsman, led a tiny Japanese woman about with his arm around her waist. They seemed truly in love.
This morning was also very cold. The snow was dirty, unrecognizably so. A drunk man slept deeply, like an angel, on a cellar stair. Next door, in the display window of a clothing store, a formidable cardboard sun smiled.

Then you emerge from my womb
like a sweetest black radiance
all of a sudden.
A river of colors between shadows
shadows that dazzle me
colors that blind me
offspring of the soul.

You are born like a ravenous stain on my chest
like a trilling in the sky
like an unknown path.

But then you retreat you crouch down
and leap into the void
leaving me on the edge of the ocean
without sirens in tow
nothing more than the foulest the most beautiful blue
the inclement blue
desire.

“Destiny’s toy”

The black man caught up to me.
— Give me a quarter.
— I don’t speak English. I don’t have money.
The palm of his outstretched hand was pink and his lifeline looked like a
cut, a scar that disappeared beneath his frayed cuff.
— I don’t understand.
— Give me money…Son of a bitch.
I moved away. He stood still, legs apart, knee-deep in the dirty snow, cursing me. Turning the corner, I noticed the square was empty.

Your fragile beauty

Stenches and sadness
devouring paradises of sand
only this subterranean perfume
of lament and guitars
and the great rodent god
and the great empty womb.

(Which of your faces do I love
which do I loathe?
Where was I born
on what street did I learn to doubt
from what balcony swollen with misery
did joy throw itself one morning
where did I learn to lie
to bear the six black letters of my name
like a distant blow?)

There was a weak sunlight in Washington Square, very weak. The trees were like wires that had been twisted and then stretched taut, as if between two yellow sheets of glass. From far away they made me think of delicate insect spines. Lovely notion: insect bones. The bar facing the house was shut with an enormous black padlock. I realized it was Sunday.

I always loved I confess
your transparent winged walls
with climbing bellflower vines
like when I was a girl in Barranco
and watched a couple kiss beneath a tree.

Through the window I adored my fever
my sickness full of mirrors
where I was everything at once
the tree the caress
the shade that hid the lovers’ faces
and the evening opening like an autumn fruit
above the cliff to my left
as if to teach me that twilight
first arrives on the side of the heart.

Bonfires in an orchard
where the hours danced without haste.
The minute was eternal.
What mysterious voices!
Why were they singing then?

I waited for the light to change. Not a car in sight. Only a cyclist passed by singing very loudly, in a tenor voice. He wore glasses, a floating red scarf, and his voice sailed from his mouth like smoke. I listened until it faded away, ever thinner and brighter, down the long narrow street of closed warehouses.
The last word I heard was heart. It was a Frank Sinatra song.
The square was still empty. I lie. Very far away, almost next to the arch, exactly
between the fountain and the arch, a blind man was walking. I realized he was blind because he was carrying a white cane and had the air of someone going nowhere. I put on my glasses to see the blind man better. I hadn’t been wrong. He was circling the fountain.

I live in your memory

From far away beneath my soul’s sky
where words are born that love lights up
I used to cover you with jewels
piercing your invisible faded breast
with my darts of fire.

With what sweetness I lifted
that veil of absent tears
and found your pursed lips
imagining your laughter
the dawn facing the port
the seagulls your welcome
the newly risen sun
and the old perfumes of the sea.

Everything was yours in that sky
wood red salt and an embrace
from black cords the wind slowly strums.
And fish and stars and jellyfish
and some boat named after a girl
and the island born after the dolphin’s leap.

I crossed the street and sensed that the sky was darker to my right. On that side, the tallest towers on Wall Street looked like charcoal sketches on a single gray surface washed with delicate yellow and pink stains. A matter of optics, they looked like theater scenery.
I knew they were very far away and, yet, they also seemed to lean precariously over my head.
The glass doors spun and reflected everything: the square, the weak sun, the towers, the closed bar, the traffic light.
— Good morning, Mrs. Szyszlo.
— Good morning Joe.
— Nice weather!
— Yes, Joe. It’s a lovely day.

Today captive in your gray vertigo
inside you
I don’t know if I love or loathe
the bloodless pink of your flesh
your slit-throat splendor
the river of dead eyes that never possess you
its dusty pebble melody
the summer of rotted fruits
your uncovered wounds
the black miracle of your forehead
swollen with emptiness
beggar harassing me with your heart in your teeth
accusing me of a crime committed in dreams.
I don’t know if I love you or loathe you
because I return
just to name you from within
from this waveless sea
to call you tearless mother
shameless
loved from afar
regret and caress
toothless leper
mine.

Traducción: Eileen O’Connor

***

No sé si te amo o te aborrezco, traducido por Eileen O’Connor

No sé si te amo o te aborrezco
como si hubieras muerto antes de tiempo
o estuvieras naciendo poco a poco
penosamente de la nada siempre.

Porque es terrible comenzar nombrándote
desde el principio ciego de las cosas
con colores con letras y con aire.

Violeta rojo azul amarillo naranja
melancólicamente
esperanzadamente
absurdamente
eternamente.

Una mujer joven y su hija muy pequeña (las recuerdo perfectamente, la niña tenía un abrigo rojo sucio y pesadas botas de goma) me empujaron para ser las primeras en presenciar el espectáculo.
Yo estaba en Bleecker Street, con un pan italiano bajo el brazo. Primero escuché sirenas, luego cerraron la calle que dejé atrás. Alguien se había arrojado por una ventana.
Seguí caminando. No pude evitarlo. Iba cantando.

<<Mi noche ya no es noche por lo oscura>>

A unos cuantos pasos de esa esquina, de esa casa, bajo esa misma ventana alta y negra, la noche anterior había comprado salchichas y cebollas. Era una noche muy fría, tres muchachos tocaban jazz en la acera y un escocés con barba, un escocés auténtico, llevaba por el talle a una menuda japonesa. Parecían verdaderamente enamorados.
Esta mañana también era muy fría. Había nieve sucia, irreconocible. Un ebrio dormía profundamente, como un ángel, en la escalera de un sótano. Al lado, en la vitrina de una tienda de modas, un formidable sol de cartón sonreía.

Vienes entonces desde mis entrañas
como un negro dulcísimo resplandor
así de golpe.
Un río de colores entre sombras
sombras que me deslumbran
colores que me ciegan
criaturas del alma.

Naces como una mancha voraz en mi pecho
como un trino en el cielo
como un camino desconocido.

Mas luego retrocedes te agazapas
y saltas al vacío
y me dejas al filo del océano
sin sirenas en torno
nada más que el inmundo el bellísimo azul
el inclemente azul
el deseo.

<<Juguete del destino>>

El negro me dio alcance
— Give me a quarter
— No hablo inglés, no tengo plata.
La palma de su mano extendida era rosada y la línea de la vida parecía un corte, una cicatriz que se perdía bajo el puño deshilachado.
— No entiendo
— Give me money… Son of a bitch.
Me alejé. Se quedó parado, con las piernas abiertas, hundidas entre la nieve
sucia, maldiciéndome. Al voltear la esquina encontré la plaza desierta.

<<Tu débil hermosura>>

Hedores y tristeza
devorando paraísos de arena
sólo este subterráneo perfume
de lamento y guitarras
y el gran dios roedor
y el gran vientre vacío.

(¿Cuál de tus rostros amo
cuál aborrezco?
¿Dónde nací
en qué calle aprendí a dudar
de qué balcón hinchado de miseria
se arrojó la dicha una mañana
dónde aprendí a mentir
a llevar mi nombre de seis letras negras
como un golpe ajeno?)

Había un sol débil sobre Washington Square, muy débil. Los árboles parecían alambres retorcidos y luego estirados a la fuerza; como si los hubieran puesto entre dos vidrios amarillos. Desde lejos me hacían pensar en delicadas columnas vertebrales de insectos. Bonita cosa: huesos de insectos. El bar que había frente a casa estaba cerrado con un inmenso candado negro. Me di cuenta de que era domingo.

Siempre amé lo confieso
tus paredes aladas transparentes
con enredaderas de campanillas
como en Barranco cuando niña
miraba a una pareja besarse bajo un árbol.

Tras la ventana adoraba mi fiebre
mi enfermedad llena de espejos
donde yo era todo a un tiempo
el árbol la caricia
la sombra que ocultaba el rostro de los amantes
y la tarde abriéndose como una fruta otoñal
sobre el acantilado a la izquierda
como para enseñarme que el crepúsculo
llega primero al lado del corazón.

Hogueras en un huerto
donde las horas danzaban sin prisa.
El minuto era eterno.
¡Qué misteriosas voces!
¿Por qué cantaban entonces?

Esperé que cambiara la luz. Ningún auto venía. Solo un ciclista pasó cantando muy fuerte, con voz de tenor. Tenía anteojos, una bufanda roja que flotaba, y la voz salía como humo de su boca. La escuché hasta que se perdió, cada vez más delgada y clara, en la larga y estrecha calle de depósitos clausurados.
La última palabra que escuché fue corazón. Era una canción de Frank Sinatra.
La plaza continuaba desierta. Miento. Muy lejos, casi junto al arco, exactamente entre la fuente y el arco, caminaba un ciego. Me di cuenta de que era ciego porque llevaba un bastón blanco y tenía el aire de no ir a ninguna parte. Me puse los anteojos para ver bien al ciego. No me había equivocado, estaba dando vueltas alrededor de la fuente.

<<En tu recuerdo vivo>>

Desde lejos bajo el cielo del alma
donde nacen palabras que el amor ilumina
desde allí acostumbraba a cubrirte de joyas
hiriendo tu invisible descolorido seno
con mis dardos de fuego.

Con qué dulzura apartaba
ese velo de lágrimas ausentes
y descubría tu apretada boca
imaginando tu risa
el alba frente al puerto
las gaviotas tu bienvenida
el sol recién nacido
y los viejos perfumes del mar.

Todo era tuyo en ese cielo
maderas roja sal y un abrazo
de negras cuerdas que el viento rasga sin prisa.
Y peces y estrellas y medusas
y alguna barca con un nombre de niña
y la isla nacida tras el salto del bufeo.

Crucé la calle y sentí que el cielo era más oscuro a mi derecha. A ese lado las torres más altas de Wall Street parecían dibujadas con carbón, en un solo plano gris lavado con delicadas manchas amarillas y rosas. Cuestión de óptica, parecían un decorado de teatro.
Sabía que estaban muy lejos y, sin embargo, me parecía también que se inclinaban peligrosamente sobre mi cabeza.
Las puertas de vidrio giraron y reflejaron todo: la plaza, el sol débil, las torres, el bar cerrado, el semáforo.
— Good morning Mrs. Szyszlo.
— Buenos días Joe.
— Nice weather!
— Sí, Joe. Es un lindo día.

Hoy prisionera en tu vértigo gris
dentro de ti
no sé si te amo o si aborrezco
el rosa exangüe de tu carne
tu degollado resplandor
el río de ojos muertos que jamás te posee
su polvorienta melodía de guijarros
el verano de frutas corrompidas
tus llagas sin cubrir
el negro milagro de tu frente
hinchada de vacío
mendiga que me acosas con el corazón en los dientes
acusándome del crimen cometido en sueños.
No sé si te amo o te aborrezco
porque vuelvo
sólo para nombrarte desde adentro
desde este mar sin olas
para llamarte madre sin lágrimas
impúdica
amada a la distancia
remordimiento y caricia
leprosa desdentada
mía.