Ezequiel Borges Caracas. Poeta, periodista y traductor. Ha trabajado como periodista cultural en los principales medios venezolanos. Publicó: «30 Poemas» en 2003. Recientemente ha estado publicando por FB, una serie de poemas que titula: «Canciones de la dictadura». Vive en Caracas, Venezuela, resistiendo la dictadura. El audio que ofrecemos es una grabación de los 90 que le hicimos al poeta.

A orillas del Neva
Para Nidia Hernández
Llegué a visitar a la poeta
en la orillas del Neva,
en mis sueños delirantes,
llegué a visitar a la poeta,
el otro día
en que desmayé
mientras soñaba con la joven
Anna Ajmátova,
como si fuese mi madre
o mi hermana,
o mi amante,
la que me hablaba del tiempo
y de sus pesares
o alegrías
en San Petersburgo.
Yo llegué a visitar a la poeta,
una tarde en la perspectiva Nevski,
o quizá fue en Moscú,
no recuerdo bien,
pero si recuerdo que tenía yo
seis huevos duros,
un pedazo de pan marrón
y muchos pepinillos encurtidos
para compartir con ella.
Todavía no había empezado la guerra
y ella se reía de mí
cuando le decía que una mujer poeta
era algo absurdo:
"No me jodas, Ezequiel, yo soy mejor poeta que tú".
Y nos reíamos los dos
largamente,
porque los dos sabíamos que era verdad,
tan verdad como que la vieja Rusia iba
a cambiar uno de esos días.
Que nunca más nos veríamos,
sino en sueños,
que la más demente de las canciones
no era la canción de una mujer poeta,
sino la canción de la muerte del Zar,
allá en la fortaleza de Pedro y Pablo,
cuando todas las canciones se apagaron,
aquel brumoso día
en que llegué a visitar
a la poeta Anna Ajmátova,
a orillas del Neva,
creo,
y la poeta me miraba
fijamente.
Y ni una mosca
se atrevía a soñar.
El día de los misiles
Nuestros gobernantes,
más fascistas que otra cosa,
no comprenden lo que se les viene
encima.
Una lluvia de misiles.
No habrá ninguna invasión
de marines,
¿acaso no se fijaron
cómo se hacen las cosas?
Les van a meter por la ventana
un misil.
Uno para cada uno.
Mucho antes de que desembarque
un marine.
¿Es que acaso no entienden?
Habrán misiles sobre todos nosotros
como si fuésemos sólo blancos
imaginarios.
Algunos de esos misiles los van a alcanzar
antes de que se den cuenta,
es su responsabilidad,
señores, decidir
si quieren la luna
o el sol.
Yo ya estoy muerto,
y sólo soy un poeta
pero sí les voy a decir una cosa,
mejor vivir
que morir.
Cuando te despiertes,
piensa bien
qué pájaros te despiertan,
serán los pájaros de Quito,
serán los pájaros de Roma,
serán los pájaros de Moscú,
serán los pájaros
de un carromato en Miami
a donde fuiste a parar
mi amor,
porque aunque estás lejos
no supiste esconderte,
o no te querías esconder de nadie.
Tan sola,
te cambio tu luna por la mía,
te cambio tu tiempo
por el mío,
mi casa
por la casa rodante
donde te entristeces
bajo la sucia luna
bajo la que crees
que has terminado,
lo que no te voy a cambiar
es mi corazón.
Mi corazón está enterrado
aquí
entre la gente,
entre los niños muertos,
entre las gentes
que caminan
con un pedazo de pan
bajo el brazo,
entre los que son mejores que yo
y ni siquiera lo saben.
El día que yo me vaya
de este mundo,
te devolveré mi corazón,
pero nunca te voy a devolver
mi canción de amor.
LLuvia
La veo esperar
a esta chica tan guapa,
una morena
con su franela rosada
de la que sobresalen
un par de pezones mojados,
a que venga alguien a buscarla,
quizá un cantante puertorriqueño,
de esos de ahora
que no saben cantar.
Pero sólo viene la lluvia
de Caracas
y aquella mujer
o aquella niña
se echa a correr,
y se moja
en el camino,
mientras todos
se esconden de la lluvia,
ella sigue corriendo.
Si tengo que pelear por ella,
aunque no me reconozca,
me verás invicto,
sin un rasguño,
bajo la lluvia.
Canciones de la dictadura
Estamos indefensos
pero no desgraciados,
estamos indefensos
pero tenemos las mareas
y las lunas
que si las pruebas
saben a sal,
estamos indefensos
pero podemos soñar
un mundo
más allá.
"Tú que eres poeta,
¿no es cierto que todos los poetas
se han ido de Venezuela?".
Atónito es poco,
yo nunca he llevado
la cuenta de los poetas
que viven en este país
olvidado de Dios,
y no pretendo hacerlo
porque sé
que son incontables,
sería inútil
intentar averiguar
cuántos poetas se han ido
y cuántos se han quedado
en medio de este éxodo.
(...)
Quizás se vayan cuando los arrastre la marea
pero lo dudo,
a los poetas
les gusta la historia".
Se me queda viendo mi Mariana B freudiana
y dice:
"sigues tan duro como siempre, uff".
Pero yo
en el fondo,
me siento reivindicado
porque,
por una vez,
estoy del lado de los valientes.
Si te vas,
si de verdad
te vas
para siempre,
recuerda que estoy aquí
todavía,
en el segundo
o en el tercer anillo
del infierno,
como si nada,
si te vas,
nadie te dirá
ni una sola palabra
de reproche,
si te vas,
sólo recuerda que el tiempo
tiene la última palabra
y que yo me quedo
libre pero encerrado
en esta burbuja.
Si te vas,
recuerda los pájaros
en las madrugadas de Caracas,
los sapos en las noches de lluvia,
nuestras canciones,
el ruido que hacías
los jueves y los viernes
para olvidar la dictadura,
mi amor,
con sexo, alcohol
y miedo.
Si te vas,
si de verdad
te vas a ir,
llévate en la maleta
un pedazo de la cruz del Âvila,
llévate
el beso y el reverso
de todo lo que hayas leído
o que vayas a leer,
llévate
la sombra de los días
bajo la luna sangrienta
que nos ha tocado,
pero llévate,
si te vas, una pequeña plegaria
por lo que vas a sembrar
en otras tierras.
Si te vas
o si ya te fuiste,
no le tengas miedo a nada,
esta tierra te preparó
para los peores infortunios
y para las mejores fortunas,
eres una moneda
de una sola cara,
siempre vas a caer del mismo lado.
Si te vas,
no me lo digas,
que yo no sé si
aunque pueda
me querré ir,
así me espere
el beso de la luna más azul,
al otro lado del mar.
Canciones de la dictadura
Canta, canta, canta,
esta tarde
de ruidos de motores
y de niños que gritan
en medio de los pájaros,
cuando
se ha ido la lluvia
y sólo quedas
tú.
Canta,
canta, canta, canta,
este mundo es tu canción,
los gritos de las gentes,
el hambre de las gentes,
la tristeza
o la alegría
de las gentes
que te rodean,
son tu canción.
Canta sin miedo
porque no será
la última vez.
Canciones de la dictadura
No conozco
a ningún poeta
que se haya rendido,
de verdad,
ante una dictadura,
con el debido respeto
a la larga galería
de poetas muertos,
y algunos de los vivos,
no pienso rendirme
ante esta dictadura de marras
que nos asola,
ante este falso final.
Mis poetas favoritos
no se rindieron ante nadie,
ni se rendirán,
váyanse acostumbrando,
a escuchar en mis labios
un verso de Dylan Thomas
para entrar en la oscuridad
entero,
o un par de líneas del
viejo Arthur Rimbaud
cuando decía que quería
una libertad libre,
porque no le bastaba la simple libertad.
No los voy a cansar con historias de Paul Eluard,
de Francois Villon
o de Anna Ajmátova,
que decía:
"tú mismo lo adivinarás todo...".
Sólo les voy a decir
que los poetas
o las poetas,
no se rinden nunca,
que este es un trabajo
para siempre,
que hasta dormidos
soñamos palabras,
que cuando despertamos no sabemos conjugar
la palabra miedo,
que nunca nos rendiremos,
aquí en Caracas
o en Peking,
ante nadie.
Que amamos la libertad
bajo la luna,
que somos la sombra y el camino,
cuando ya no queda nada.
Canciones de la dictadura
para Gabriela Rangel
La suerte puede cambiar,
porque es tuya,
aquella moneda olvidada
que lanzas
al pavimento
y que no vale nada
hoy en día,
puede salir cara
o cruz,
y si la soplas
brevemente
antes de lanzarla,
es probable que caiga de tu lado.
La suerte no está echada,
amiga mía,
no te dejes engañar
por las pistolas
y las balas
y las amenazas,
que la suerte
sólo tiene un destino,
una luna y un mar
y ése
eres tú.
La suerte está por verse,
la suerte
es una canción
bajo la lluvia más oscura
que debes cantar
hasta que amanezca,
si de verdad quieres saber
de qué lado caerá tu corazón.
Canciones de la dictadura
Y yo que pensaba
que al final de la tarde,
cuando el crepúsculo cambia de nombre,
me dejaría en paz la dictadura,
que la dictadura me dejaría
tranquilo,
al menos una tarde.
Y yo que pensaba
que iba a salir ileso
de este mundo,
que iba a poder
comerme mi propias luces,
las luces de la vieja ciudad,
que el tiempo me dejaría enpiernarme
con una luna cualquiera,
no con cualquier luna,
y llamar al crepúsculo
desde la ventana.
Pero ya que veo que no va a ocurrir
que la perra dictadura
me deje mirar el atardecer en paz,
le voy a recordar su canción:
Somos tus muertos, dictadura,
que venimos a decirte,
desde las bolsas negras de basura
abiertas por tus fantasmas,
que esta es la hora de irte.
Que todos somos tus fantasmas
y tus muertos,
que ya no aguantamos más,
que el amor se nos acaba,
que todos
estamos más o menos muertos,
que el mejor de los muertos,
que el mejor de los fantasmas,
soy yo,
un privilegiado
que sabe que va a morir de hambre,
o, peor aún, de tristeza,
que va a morir de tristeza
viendo como mueren los otros de hambre,
cuando los otros me preguntan:
"¿cómo haces para comer?"
y no les puedo responder,
no en este mundo.
Y yo que pensaba
que iba a salir ileso de la vida,
que bastaría
ser buena gente,
de vez en cuando.
Recibo más palos en una tarde
oyendo las miserias de esta ciudad
que si estuviera en el cuarto
o en el quinto anillo del infierno.
Da qué pensar vivir
en esta Caracas en la que las putas
desdentadas te piden un cigarrillo
con una sonrisa.
Tú siempre las amastes,
di la verdad,
sin conocerlas,
sólo porque eran las más débiles,
pero ahora no solo están rotas,
como todos nosotros,
sino que no sabes
si volverán a ponerse de pie.
¿Cómo haremos, mi amor,
mi gran amor,
para volvernos a poner de pie?
No tengo
la menor idea
cómo lo vamos a lograr.
Sí sé que un día
el viejo de la esquina,
un abuelo que era chavista
y que gritaba consignas,
que la señora del kiosko de periódicos,
que era amiga de mi madre y ahora
casi no vende periódicos
sino huevos,
porque vivimos en un país
en el que los períódicos obligado
se han vuelto digitales,
donde el papel es un lujo reservado
a los periódicos de la dictadura,
sé que un día
la señora de 70 años
que venía a limpiar la casa
y nunca aceptó una bolsa de Clap,
porque me consta,
sé que un día
el malandro más astuto,
el jíbaro más curtido,
el asesino, el ladrón,
que por supuesto,
tiene una madre,
el portugués de las arepas aplanadas
que ya nadie quiere comprar,
la chica que atiende la caja en McDonalds
y quiere ser mi novia
y todavía no entiendo por qué
yo en mi infinita estupidez
no la invito al cine
o tomarse una birra,
sé que un día
encontraremos la palabra justa,
el grito, el ecupitajo,
entre todos nosotros,
los que quedamos en este mundo,
para decir
basta,
basta,
basta ya,
con las últimas energías
de los zombies
en los que nos estamos convirtiendo,
a pesar del amor
que sentimos por nuestra tierra,
tan difuso,
basta,
basta
de engaños en la morgue,
de muertos sin número,
basta,
se acerca el momento
para todos,
en el que tendremos que decidir,
todos rasgados como estamos,
porque no hay nadie que no tenga un rasguño
en esta ciudad,
tendremos que decidir digo,
entre la libertad y la esclavitud.
Y yo que pensaba
que iba a salir ileso
de este mundo.
********
Canciones de la dictadura
Encontré una página en blanco
y la estoy llenando,
dictadura,
como decía el viejo Dylan Thomas,
no entres tranquilamente
en la oscuridad.
Eso es lo único que
estoy haciendo,
no entrar tranquilamente
en la oscuridad.
Estoy entrando en la oscuridad,
aunque la oscuridad
a veces se parezca al amanecer
que tocas,
con un un grito,
entro en la oscuridad
de este mundo que me ha picado,
consciente de que de que estoy desnudo
como un perro,
y, aún así,
nunca me voy a rendir.
Yo nunca entraré en la oscuridad
de este mundo
de la dictadura
dulcemente,
olvídense de eso.
Voy a entrar haciendo ruido
en la oscuridad de la dictadura
porque eso es lo que me
toca y por algo alguien me dio
la palabra,
y porque
la única oscuridad
que me gusta
es la de la cara oscura
de la luna.
Canciones de la dictadura
Y yo que pensaba
que al final de la tarde,
cuando el crepúsculo cambia de nombre,
me dejaría en paz la dictadura,
que la dictadura me dejaría
tranquilo,
al menos una tarde.
Y yo que pensaba
que iba a salir ileso
de este mundo,
que iba a poder
comerme mi propias luces,
las luces de la vieja ciudad,
que el tiempo me dejaría enpiernarme
con una luna cualquiera,
no con cualquier luna,
y llamar al crepúsculo
desde la ventana.
Pero ya que veo que no va a ocurrir
que la perra dictadura
me deje mirar el atardecer en paz,
le voy a recordar su canción:
Somos tus muertos, dictadura,
que venimos a decirte,
desde las bolsas negras de basura
abiertas por tus fantasmas,
que esta es la hora de irte.
Que todos somos tus fantasmas
y tus muertos,
que ya no aguantamos más,
que el amor se nos acaba,
que todos
estamos más o menos muertos,
que el mejor de los muertos,
que el mejor de los fantasmas,
soy yo,
un privilegiado
que sabe que va a morir de hambre,
o, peor aún, de tristeza,
que va a morir de tristeza
viendo como mueren los otros de hambre,
cuando los otros me preguntan:
"¿cómo haces para comer?"
y no les puedo responder,
no en este mundo.
Y yo que pensaba
que iba a salir ileso de la vida,
que bastaría
ser buena gente,
de vez en cuando.
Recibo más palos en una tarde
oyendo las miserias de esta ciudad
que si estuviera en el cuarto
o en el quinto anillo del infierno.
Da qué pensar vivir
en esta Caracas en la que las putas
desdentadas te piden un cigarrillo
con una sonrisa.
Tú siempre las amastes,
di la verdad,
sin conocerlas,
sólo porque eran las más débiles,
pero ahora no solo están rotas,
como todos nosotros,
sino que no sabes
si volverán a ponerse de pie.
¿Cómo haremos, mi amor,
mi gran amor,
para volvernos a poner de pie?
No tengo
la menor idea
cómo lo vamos a lograr.
Sí sé que un día
el viejo de la esquina,
un abuelo que era chavista
y que gritaba consignas,
que la señora del kiosko de periódicos,
que era amiga de mi madre y ahora
casi no vende periódicos
sino huevos,
porque vivimos en un país
en el que los períódicos obligado
se han vuelto digitales,
donde el papel es un lujo reservado
a los periódicos de la dictadura,
sé que un día
la señora de 70 años
que venía a limpiar la casa
y nunca aceptó una bolsa de Clap,
porque me consta,
sé que un día
el malandro más astuto,
el jíbaro más curtido,
el asesino, el ladrón,
que por supuesto,
tiene una madre,
el portugués de las arepas aplanadas
que ya nadie quiere comprar,
la chica que atiende la caja en McDonalds
y quiere ser mi novia
y todavía no entiendo por qué
yo en mi infinita estupidez
no la invito al cine
o tomarse una birra,
sé que un día
encontraremos la palabra justa,
el grito, el ecupitajo,
entre todos nosotros,
los que quedamos en este mundo,
para decir
basta,
basta,
basta ya,
con las últimas energías
de los zombies
en los que nos estamos convirtiendo,
a pesar del amor
que sentimos por nuestra tierra,
tan difuso,
basta,
basta
de engaños en la morgue,
de muertos sin número,
basta,
se acerca el momento
para todos,
en el que tendremos que decidir,
todos rasgados como estamos,
porque no hay nadie que no tenga un rasguño
en esta ciudad,
tendremos que decidir digo,
entre la libertad y la esclavitud.
Y yo que pensaba
que iba a salir ileso
de este mundo.