Virginia Woolf (1882–1941) fue una de las figuras más importantes de la literatura del siglo XX y una pionera en la narrativa moderna.
Nació en Londres, en el seno de una familia intelectual. Su padre, Leslie Stephen, era crítico literario, y su casa estaba llena de libros, lo que marcó profundamente su formación, ya que no asistió a la universidad como sus hermanos varones.
Fue miembro del llamado Grupo de Bloomsbury, un círculo de artistas e intelectuales que influyó en la cultura británica de la época. Allí compartió ideas sobre arte, literatura y feminismo.
Como escritora, revolucionó la forma de contar historias. En novelas como La señora Dalloway (1925) y Al faro (1927), utilizó el “flujo de conciencia”, una técnica que explora los pensamientos internos de los personajes.
En 1917, junto a su esposo Leonard Woolf, fundó la editorial Hogarth Press, donde publicó sus propios libros y obras de otros autores importantes.
Su texto Una habitación propia (1929) es considerado fundamental en la historia del feminismo, donde defiende la independencia económica y creativa de las mujeres.
A lo largo de su vida, enfrentó problemas de salud mental, lo que influyó tanto en su obra como en su vida personal. Murió en 1941, dejando una obra que sigue siendo leída y estudiada en todo el mundo por su innovación y profundidad.

Ahora el sol había descendido más en el cielo. Las islas de nube habían adquirido más densidad y, arrastrándose, pasaban ante el sol, por lo que las rocas se tornaban súbitamente negras, y el trémulo acebo perdía su azul para quedar de plata, y sombras como grises paños impulsados por un soplo se extendían sobre el mar. Las olas ya no visitaban las lejanas charcas, ni alcanzaban la punteada línea negra de trazo irregular, sobre la playa. La arena era gris perla, suave y brillante.
Los pájaros trazaban altos círculos y arcos en el aire. Algunos volaban raudos por los surcos del viento, giraban y se deslizaban por ellos, como si fueran un solo cuerpo cortado en mil hilos. Como una red, caían los pájaros al descender a las copas de los árboles. Un pájar voló solitario hacia el campo, y se posó en una blanca estaca, donde abrió las alas y las volvió a cerrar.
En el jardín habían caído algunos p´tealos. Reposaban sobre la tierra, ahuecados como conchas. La hoja muerta ya no seguía en su seto, sino que el viento la había arrancado, y ahora corría, y después se detenía, pegada a un tallo. Por todas las flores pasaba la misma onda de luz, en un repentino estremecimiento y esplendor, como si una aleta hubiera cortado el verde cristal de un lago. De vez enc uando, un soplo rasante e imperioso agitaba arriba y abajo las multitudinarias hojas, y, cuando el soplo comenzaba a extinguirse, cada hoja recobraba su identidad. Las flores que quemaban al sol sus coloridos discos, se apartaban de la luz, cuando el viento las agitaba, y algunas cabezas, demasiado pesadas para volver a alzarse, quedaban levemente caídas.
El sol de la tarde calentaba los campos, azulaba las sombras y enrojecía las espigas. Como un barniz, un profundo tinte cubría los campos. Un carro, un caballo, un vuelo de cornejas, todo lo que se movía a la luz del sol quedaba envuelto en dorada redondez- Si una vaca movía una pata, provocaba ondulaciones de oro rojizo, y los cuernos parecían forrados de luz. Haces de espigas con cabellera de lino yacían en los lindos de los campos, como caídos de los hirsutos carros llegados de los prados, los carros de cortas patas y primitivo aspecto. Las nubes de redondeadas cabezas desprendían otra en su avance, pero conservaban todos los átomos de su redondez. Ahora, en su camino, atraparon a un pueblo entero en su red, y al rebasarlo dejaron volar de nuevo, libremente, la red. A lo lejos , en el horizonte, entre millones de granos de polv gris azulado ardía un vidrio, o se alzaba la solitaria raya de la aguja de una iglesia, o un árbol.
Las rojas cortinas y las blancas persianas agitadas por el viento salían y entraban por la ventana, golpeando su marco, y la luz que entraba a intermitencias irregulares, con desigual intensidad, tenía un pardo matiz, y había cierto abandono en su soplo por entre las cortinas alzadas por las rachas. La luz matizaba aquí de castaño una alacena, enrojecía allí una silla, y más cerca estremecía el cristal de la ventana.
Durante unos instantes, todo vaciló y se curvó, incierto y ambiguo, como si una gran mariposa hubiera ensombrecido, al cruzar la estancia, la inmensa solidez de las sillas y las mesas con sus alas flotantes.