Carlos Drummond de Andrade

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Carlos Drummond de Andrade. Brasil. 1902-1987. Reconocido como uno de los más grandes poetas de Brasil de todos los tiempos. Libros: Alguna poesía. Sentimiento del mundo.La rosa del pueblo. Hacendero del aire. La vida pasada a limpio. Lección de cosas. Los buenos tiempos.
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UN BUEY VE A LOS HOMBRES

 

Tan frágiles (más que un arbusto) y corren

y corren de un lado para otro, siempre olvidándose

de alguna cosa. Ciertamente les falta

no sé qué atributo esencial, puesto que se presentan nobles

y a veces graves. Ah espantosamente graves,

hasta siniestros. Acongojados, diríase que no escuchan

ni el canto del aire ni los secretos del heno,

como también parecen no observar lo que es visible

y común a cada uno de nosotros, en el espacio, Y quedan tristes

y en el rastro de la tristeza llegan a la crueldad.

Toda su expresión mora en los ojos y se pierde

en un simple pestañear, una sombra.

Nada en los pelos, en los extremos de inconcebible fragilidad,

y como en ellos hay poca montaña,

y que incapacidad para organizarse en formas calmas,

permanentes y necesarias. Tienen tal vez,

cierta gracia melancólica (un minuto) y con esto se hacen

perdonar la agitación incómoda y el translúcido

vacío interior que los torna tan pobres y carentes

de emitir sonidos absurdos y agónicos: deseo, amor, celos

(¿Que sabemos nosotros?) sonidos que despedazan y caen en el campo

como piedras afligidas y queman la hierba y el agua,

es difícil después de esto, rumiar nuestras verdades.

 

Traducción: Nidia Hernández

 

Um boi vê os homens

 

Tão delicados (mais que um arbusto) e correm e correm de um para o outro lado, sempre esquecidos de alguma coisa. Certamente falta-lhes não sei que atributo essencial, posto se apresentem nobres e graves, por vezes.
Ah, espantosamente graves, até sinistros.
Coitados, dir-se-ia que não escutam nem o canto do ar nem os segredos do feno,
como também parecem não enxergar o que é visível
e comum a cada um de nós, no espaço.
E ficam tristes e no rasto da tristeza chegam à crueldade.
Toda a expressão deles mora nos olhos –
e perde-se a um simples baixar de cílios, a uma sombra.
Nada nos pêlos, nos extremos de inconcebível fragilidade, e como neles há pouca montanha, e que secura e que reentrâncias e que impossibilidade de se organizarem em formas calmas, permanentes e necessárias.
Têm, talvez, certa graça melancólica (um minuto) e com isto se fazem
perdoar a agitação incômoda e o translúcido vazio interior que os torna tão pobres e carecidos de emitir sons absurdos e agônicos: desejo, amor, ciúme
(que sabemos nós), sons que se despedaçam e tombam no campo
como pedras aflitas e queimam a erva e a água,
e difícil, depois disto, é ruminarmos nossa verdade.