Elizabeth Bishop

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Elizabeth Bishop. Massachussetts (1911-1879). Publicó su primer libro: Norte y Sur en 1946 a los que le seguirían: Una fría primavera 1955. Cuestiones de viaje, 1965. Geografía III, 1976. Nuevos Poemas, 1979.  Vivió 15 años en Brasil. Traductora de Drummond de Andrade, de Vinicius de Moraes y Octavio Paz.

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EL ARMADILLO


A. R. Lowel


Esta es la época del año
en la que casi cada noche
aparecen, ilegales, los frágiles globos de fuego.
Ascienden a la cima de la montaña,

elevándose hacia algún santo
aún venerado en estas tierras,
y sus cámaras de papel enrojecen, se llenan
de una luz que va y viene, como corazones.

Una vez en lo alto, contra el cielo,
es difícil distinguirlos de las estrellas
—es decir, los planetas, los coloreados:
Venus que declina, o Marte

o aquel otro, verde pálido. Una ráfaga,
y se inflaman, titubean, vacilan, se agitan;
pero quieto el aire, navegan seguros y atraviesan
la armazón de cometa de la Cruz del Sur,

retroceden y menguan y nos dejan
—firmes ellos y solemnes— en el mayor desamparo;
o impelidos desde un pico por corrientes descendentes,
se convierten en súbito peligro.

Anoche cayó otro de los grandes.
Reventó como un huevo de fuego
contra el acantilado a espaldas de la casa.
Chorrearon llamas. Vimos

volar al par de búhos que allí anidan,
alto, más alto, en torbellino blanquinegro
con una mancha rosa vivo por debajo,
hasta que, se perdieron de vista chillando.

Tal vez ardiera el viejo nido de los buhos.
Aprisa, solitario,
abandonó el lugar un armadillo centelleante,
cabizbajo, colibajo, veteado de rosa,
y un conejillo salió entonces,
oh sorpresa, de orejas cortas,
y tan suave: un puñado de cenizas intangibles,
fijos y encendidos los ojos.

Oh remedo más que hermoso; como un sueño.
Oh juego que cae y grito penetrante
y pánico, y un débil puño acorazado
que ignorante se cierra contra el cielo.

 

bishop

 

Traducción: Eli Tolaretxipi.

 

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THE ARMADILLO


This is the time of year
when almost every night
the frail, illegal fire balloons appear.
Climbing the mountain height,

rising toward a saint
still honored in these parts,
the paper chambers flush and fill with light
that comes and goes, like hearts.

Once up against the sky it's hard
to tell them from the stars—
planets, that is—the tinted ones:
Venus going down, or Mars,

or the pale green one. With a wind,
they flare and falter, wobble and toss;
but if it's still they steer between
the kite sticks of the Southern Cross,

receding, dwindling, solemnly
and steadily forsaking us,
or, in the downdraft from a peak,
suddenly turning dangerous.

Last night another big one fell.
It splattered like an egg of fire
against the cliff behind the house.
The flame ran down. We saw the pair

of owls who nest there flying up
and up, their whirling black-and-white
stained bright pink underneath, until
they shrieked up out of sight.

The ancient owls' nest must have burned.
Hastily, all alone,
a glistening armadillo left the scene,
rose-flecked, head down, tail down,

and then a baby rabbit jumped out,
short-eared, to our surprise.
So soft!—a handful of intangible ash
with fixed, ignited eyes.

Too pretty, dreamlike mimicry!
O falling fire and piercing cry
and panic, and a weak mailed fist
clenched ignorant against the sky!