Francisco Petrarca

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Sextina LXVI
El aire denso y la importuna niebla,
toda asediada por rabiosos vientos,
pronto tendrán que convertirse en lluvia;
si ya son casi de cristal los rÃos,
y en vez de verde césped por los valles
no se ve otra cosa que escarcha y hielo.
Y yo en mi corazón, más frÃo que hielo,
llevo de grandes pensamientos niebla
como la que nace en estos valles,
unidos contra los amorosos vientos
y circundados de estancados rÃos,
cuando del cielo cae lenta lluvia.
Poco tarda en irse el agua de lluvia
y el calor en derretir nieves y hielo,
que hacen más soberbios a los rÃos;
nunca ocultó el cielo tan densa niebla
que, cabalgada por furiosos vientos,
no huyese de los cerros y los valles.
Pero qué importa que florezcan valles
Si voy llorando bajo el sol y lluvia,
Bajo cálidos o gélidos vientos;
si algún dÃa alcanzo a vivir sin hielo
por dentro, y por fuera sin usual niebla,
veré secarse mar, lagos y rÃos.
Mientras al mar desciendan los rÃos
y las fieras busquen los frescos valles,
tendrán sus bellos ojos esa niebla
de la que nace en mis ojos su lluvia,
y en el pecho hermoso aquel duro hielo
que rompe el mÃo en dolorosos vientos.
Sabré perdonar a todos los vientos
por amor de quien entre estos dos rÃos
me encerró entre césped y el dulce hielo,
y dibujó luego por mil y un valles
mi sombra, que ni el calor ni la lluvia
ni el trueno atendÃa su rota niebla.
Nunca más huyó niebla de vientos
como aquel dÃa, ni rÃos de lluvia,
ni hielo cuando el sol abre los valles.
Traducción: Ana Nuño.
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Carta Astral de Petrarca
